Monday, 31 January 2011

CRÍTICA DE LA NOCIÓN DE FELICIDAD Y REPUDIO DEL HEDONISMO (Felix Rodrigo Mora)


LA VIDA COMO ESFUERZO

La filosofía moral no es una disciplina de moda. En su repudio y mofa coincide
el izquierdismo, dedicado a la mejora de lo instituido, el mundo académico que,
cansinamente, ofrece una caricatura de aquélla, los campeones mediáticos de la
sociedad de consumo y el pútrido universo del «arte contemporáneo» y del
entretenimiento dirigido. Pero la transformación revolucionaria del actual
orden y del ahora existente ser humano -si es que aún se puede usar tal
calificativo- demanda recuperar y, sobre todo, reformular y recrear el saber,
basado en la experiencia, sobre el qué y el por qué de los comportamientos
colectivos e individuales que alcanzan, o deberían alcanzar, la categoría de
hábitos, de normas, dado que tal es la moral. Como se ha dicho, la sociedad
actual exhibe orgullosa su amoralidad, especialmente los segmentos bien
adoctrinados en la ideología del progresismo, hoy la neo-religión mayoritaria, y
en la de la modernidad más desenfadada. Todo ello, lejos de ser positivo como
creen algunos, muestra el grado de desintegración que ha alcanzado ya la
convivencia y la sociabilidad, el nivel asombroso de degradación, psíquica y
física, que padece el individuo y, sobre todo, hasta qué punto, nunca antes
alcanzado, el Estado maneja omnímodamente la actual formación social pues,
como apunta Kant, entre lo ético y lo jurídico, esto es, lo estatal, existe una
relación inversamente proporcional.
Tal verdad primera nos sitúa ya dentro de la materia a considerar. En efecto, es
el Estado el que promueve, con singular rotundidad y pertinacia, la ideología de
la amoralidad y, dentro de ella, las categorías de felicidad, pública y privada, así
como de hedonismo sensualista, agregados a aquélla siempre. En particular, la
concepción de bienestar, que es el sinónimo político y económico de felicidad
hoy en curso, se manifiesta en el mismo enunciado de Estado de bienestar,
orden social en que el ente estatal realiza la felicidad-bienestar de todos, lo que
convierte a ésta en una imposición, en tanto que ideología del Estado
contemporáneo y mandato constitucional. La revolución liberal, como gran
salto adelante del poder efectivo del Estado, a costa de la autonomía y libertad
de las clases populares, sitúa al concepto de felicidad en el centro de su
programa. El documento fundacional del vigente orden político en el plano
mundial, la «Declaración de Independencia» de EEUU, de 1776, establece que
«la busca de la felicidad» es, al mismo tiempo, un derecho de todos garantizado
por el artefacto estatal, el impulso primario fundamental en el ser humano, por
tanto, una forzosidad de naturaleza cuasi-biológica, y la meta o finalidad
primordial del gobierno establecido con el «consentimiento de los gobernados»,
es decir, del régimen contemporáneo de dictadura política. La constitución
española de 1812, la primera de todas ellas y, por tanto, el modelo de la vigente
constitución de 1978, en su art. 13, recoge tal formulación, con una rotundidad a
agradecer, «el objeto del Gobierno (constitucional) es la felicidad de la Nación,
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puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los
individuos que la componen», pintoresco enunciado en el que los dominadores
toman a su cargo realizar la felicidad, el bienestar, de los dominados. Así
mismo, la tan mitificada, por el mundo académico y por el radicalismo prosistema,
«Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano» de la
revolución francesa, proclama que su objetivo es realizar «la felicidad de todos».
Incluso Saint Just, el lugarteniente y verdugo de Robespierre, se congratula
porque, según él, «la felicidad es una idea nueva en Europa», juicio no sólo
desvergonzado, dada la singular naturaleza de sus actividades, sino además
desacertado, pues el tomismo, en tanto que ideología oficial de la iglesia católica
desde el siglo XIV, negando al cristianismo y siguiendo a Aristóteles, el
eudemonista por excelencia, establece que la felicidad, primera en esta vida y,
tras la muerte, en el extramundo, debe ser la meta cardinal del ser humano.
Que tan fundamentales, por fundacionales, documentos jurídico-políticos
impongan la felicidad como axial cosmovisión e ideario es, en primer lugar, un
atentado a la libertad más fundamental de todas, la libertad de conciencia, dado
que hace obligatoria una concepción determinada de la existencia, sin permitir
la concurrencia en igualdad de condiciones de otras varias, alternativas y
discrepantes. Por ejemplo, al afirmar con tanta asertividad la categoría felicista
la noción de verdad resulta desplazada y marginada, lo que otorga la razón a X.
Zubiri cuando en «El hombre y la verdad» expone que lo propio de la
contemporaneidad es desdeñar la verdad, para vivir en el error, la mentira y la
alucinación inducida.
No puede dudarse, tras lo expuesto, que el eudemonismo autoritario y, por
tanto, el placerismo obligatorio, son criterios organizadores de la modernidad.
La concreción de la noción de felicidad es diferente para las minorías
poderhabientes y para la gran mayoría despojada del poder de decidir. La vida
feliz, en el primer caso, se logra acumulando el máximo de potestad de mandar,
en la forma de poder político (en el ente estatal), económico (riqueza, en la
forma de capital), intelectual, mediático y estético, por citar sus expresiones más
relevantes. Para la masa la felicidad forzosa es la propia del productorconsumidor
que cae y cae por el despeñadero de la deshumanización al correr
tras el espejismo de los placeres cotidianos. Toda nuestra sociedad está asentada
sobre la afirmación de Bentham acerca de que “a cada porción de riquezas
corresponde una porción de felicidad”, sin que ello lleve a olvidar lo propuesto
por Platón, Hobbes, James Mill, Stirner o Nietzsche sobre que la forma superior
de vida deliciosa es el dominio político y civil de los otros, tanto más intenso y
gratificante cuanto mayor sea la sujeción a que se les someta. La categoría de
felicidad es fértil en otras concreciones más existenciales, también míseras y
vilificantes. Una es la aspiración a la extinción total del dolor, quimera que hace
del sujeto un ser pusilánime y dócil, sometido por el pavor hacia quien hoy
posee la capacidad máxima de infligir sufrimiento, el Estado. Otra consiste en el
afán de llevar una existencia cómoda y poltrona, holgazana y sin esfuerzo,
supuestamente gracias a la tecnología, de donde resultan las diversas utopías
científico-técnicas, a cual más inquietante. Una tercera concibe la vida humana
como nada mas que una acumulación, en el ego, de experiencias placenteras, lo
que conforma el sujeto sensual de la modernidad, ente subhumano incapaz de
pensar, de decidir, de convivir y de luchar, pues el reduccionismo a lo sensorial
tiende a extinguir en él las facultades y capacidades superiores, o humanas. Así
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mismo, de la noción de dicha a toda costa resulta la aspiración, específicamente
epicúrea, a poner fin a cualquier inquietud, tensión y desarmonía, lo que hace
imposible la vida como esfuerzo por metas trascendentes, que, en bastantes
ocasiones, sólo son pensables y realizables, queramos o no, a través del
desasosiego, la entrega de sí, la dedicación constante y el dolor. En resumidas
cuentas, si J.S Mill expuso que es «mejor (ser) un ser humano insatisfecho que
un cerdo satisfecho», hoy a las multitudes se las alecciona para que escojan una
vida sin libertad, sin conciencia, sin dignidad, sin convivencia, sin verdad,
pretendidamente abundosa en goces sensoriales, una vida de cerdos, en suma.
Se presenta, a menudo, a la derecha y a la reacción explícita como adversarias
de la dicha y el bienestar, como ordenadoras de una vida asentada en el
sufrimiento, mientras se afirma que la izquierda y el progresismo se proponen
liberar al ser humano de la infelicidad, constituyendo un orden social delicioso,
en el que la existencia humana realice su pretendidamente innata aspiración a la
felicidad. Empero, la filosofía de la felicidad, o eudemonismo, es común a todas
las formas de pensamiento institucional, dominando siempre el discurso del
poder, salvo en algunas épocas, las relacionadas con la guerra, en que se deja
paso a ciertas expresiones de ideología estoica, si bien éstas no excluye la fe
felicista, sólo la reformulan en dichas condiciones. La izquierda, al ser hoy la
expresión más perfecta de los intereses fundamentales del capital y del Estado,
usa sin rubor la retórica eudemonista y placerista para atar con más fuerza aún
a las masas a los proyectos estratégicos de reafirmación y expansión de uno y
otro, tarea en la que también desempeña una función decisiva la intelectualidad,
la pedantocracia y estetocracia.
Por lo demás, las más rancias expresiones del pensamiento español
contemporáneo sitúan también la categoría de felicidad en el centro de su
sistema de ideas. Una muestra de ello es Julián Marías, discípulo del liberalfascista
Ortega, que en su libro «La felicidad humana», elabora aquella noción
de tal modo que contradiga y niegue la verdad, la libertad y la sociabilidad, lo
que es el meollo de todo el pensamiento eudemonista, el cual, al formar parte de
lo nuclear del vigente sistema está por encima de las inesenciales divisiones en
derecha e izquierda.
La noción del placer como «bien supremo» se encuentra en Aristóteles, pero
este, al ser eudemonista, diferencia entre felicidad, en tanto que deseo de una
existencia totalmente deliciosa, y cada placer concreto, de manera que, a veces,
en beneficio de aquélla se ha de renunciar a alguna voluptuosidad particular, si
su disfrute entra en contradicción con el felicismo integral a que se aspira. Ello,
en el terreno de la política, que es el que verdaderamente interesa a «el
Filósofo», significa que por ejercer más y mejor el superior placer de dominar a
veces resulta apropiado el abstenerse de ciertas satisfacciones sensuales, que
distraen del ejercicio del mando o debilitan la determinación para oprimir y
reprimir, manejar y adoctrinar, a los otros. El simple hedonismo, por el
contrario, concibe la felicidad como una mera suma de sensaciones gozosas, en
lo cual se manifiesta su naturaleza de producto ideológico para consumo de
siervos y neo-siervos, que renuncian a la libertad y hoy, sobre todo, a su
condición de seres humanos, sólo por el deseo, quimérico además, de gozar sin
límites.
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Cierta izquierda, que aún dice creer en «la revolución», sigue aferrada a la
cosmovisión eudemonista-hedonista sin advertir la contradicción que hay en
ello. La revolución es una expresión de esfuerzo ciclópeo y de tensión máxima
que se aviene mal con el filisteo coleccionismo de voluptuosidades, con la
epicúrea aspiración a la tranquilidad del ánimo y con la ramplona ansia
cotidiana de felicidad. Por ello toda la izquierda felicista o bien convierte la
categoría de revolución en un universal abstracto sólo bueno para discursear y
embaucar, o bien transforma a sus seguidores en sujetos tan degradados por el
placerismo que no valen para nada elevado y sublime, en primer lugar para la
revolución. Claro que si se espera que “las leyes de la historia”, en un actuar
providente que hace de ellas el nuevo nombre de Dios, nos regalen
graciosamente el fin del capitalismo, la desintegración del Estado y la
constitución de una sociedad de maravillas y perfecciones sin cuento, entonces
sí, entonces se puede ser a la vez revolucionario y hedonista. Pero quienes, más
sobriamente, creemos que la revolución, o la hacemos nosotros, los que nos
adherimos a ella en tanto que proyecto reflexionado y pasión magnánima, o se
queda irrealizada por toda la eternidad, hemos de repudiar razonadamente el
eudemonismo y el hedonismo, para situarnos en un ordenamiento psíquico
superador del apetito de felicidad tanto como de toda morbosa apetencia de
infelicidad sin sentido, al cual se puede denominar criterio de afelicidad, como
indiferencia por la dicha y la desdicha en beneficio de las metas trascendentes y
magnánimas que nos hemos marcado. Ello, en el terreno de la filosofía, equivale
a convertir la cuestión de la felicidad e infelicidad, tanto como los contenidos de
los credos disfrutadores y concupiscentes, en un pseudo-problema del que hay
que liberarse cuanto antes, para centrarse en asuntos más enjundiosos y
determinantes.
Especial atención refutatoria merece la filosofía de Epicuro, con su lema «el
placer es la única finalidad», aunque en un segundo momento, por pánico cerval
al dolor, renuncia no sólo a la experiencia del goce sino al deseo mismo de vivir
con decoro y autorrespeto, e incluso de vivir a secas. El epicureismo, hoy muy
activo, contamina una buena parte de la crítica a la sociedad contemporánea con
su deseo de tranquilidad egoísta a toda costa, con su ciego afán de constituir un
«jardín» privado en el que sobrevivir a los males y sinsabores del mundo, sin
poner fin al vigente orden y sin ni tal sólo proponérselo. En efecto, una parte
mayoritaria del radicalismo de los últimos 40 años, como idea y como
experiencia, es mero epicureismo lanzado a edificar espacios de supervivencia,
desde una ideología de la mediocridad existencial, la cobardía intelectual, la
desgana vital y el conformismo político, todo ello adobado, cómo no, con una
masa enorme de verborrea y gesticulación encubridoras.
Atreverse a desafiar lo existente, no para lograr vivir mejor en sus intersticios
sino para destruirlo planeadamente, demanda una grandeza de ánimo que el
neo-epicureismo hoy en boga, aterrado ante la posibilidad de padecer y penar,
no puede tener. Una resultante de todo ello, de las mas penosas, es la masa de
seres ínfimos, de sujetos sin grandeza ni calidad, que se agitan por los
ambientes izquierdistas, reivindicativos y alternativos. Por tanto, la experiencia
de los últimos decenios muestra que sólo desde una cosmovisión del esfuerzo es
posible, al mismo tiempo, abordar la acción transformadora del orden vigente
con coherencia, constituirse a sí mismo como sujeto con la elevación y dignidad
que son propias de un ser humano y liberarse de los sofismas y pseudo5
problemas de la pésima filosofía eudemonista y hedonista, que nos impone «la
busca de la felicidad» como mandato constitucional, estatal.
Pasemos ahora a examinar, con la concisión que el lugar y momento requieren,
un ejemplo de filosofía del esfuerzo, de dedicación a las grandes metas
trascendentes y de indiferentismo ante placeres y dolores. El poema de León
Felipe, «la insignia», de 1937, empieza reivindicando «la Historia grande» y
«los huracanes incontrolables» como ámbitos de existencia de los seres
humanos en tanto que tales, en contra de la mediocridad y el cotidianismo
felicista, para pasar a proclamar que ésta, la nuestra, «es la época de los
héroes./De los héroes contra los raposos.», exhortar al «esfuerzo del heroísmo
colectivo» y sentar una proposición de colosal significación cognoscitiva y ética,
que «la vida no es ni ha sido nunca / una cuestión de felicidad, / sino una
cuestión de heroísmo». Con ello el fundamento de la mejor filosofía moral
queda establecido. Remacha su proposición con está hermosa aserción, «no
buscamos la felicidad», añadiendo visionariamente que después de la
revolución «no seremos felices tampoco./ No hay posadas de felicidad/ ni de
descanso», pues la existencia humana es avanzar «siempre por un camino
heroico» en el que no hay puntos de llegada, de manera que la meta decisiva es
el esfuerzo, que, sin dejar de ser medio, se eleva al mismo tiempo a fin y
propósito. El poeta demuele así la muy burguesa cosmovisión fruidora que
muchos se empeñan aún, en la apoteosis de la sociedad de consumo (que hace
del placer el primer deber «cívico» del sujeto hiper-sometido e hiper-degradado
de la última modernidad), en presentar como “subversiva” y «anti-sistema»,
aserciones que ya sólo pueden ser contestadas con el sano ejercicio de la risa. No
conviene, empero, reducirse a un enfoque politicista, por correcto y oportuno
que sea, del significado del eudemonismo y hedonismo, pues la cosmovisión del
esfuerzo y del servicio es buena y verdadera en sí y por sí, y no únicamente
porque sea un útil medio para la acción revolucionaria. Ello equivale a sostener
que además de un medio es un fin, deseable por su valía intrínseca. A la
pregunta capital de la filosofía moral, ¿cómo debemos vivir?, se ha de contestar
no desde tales o cuales sistemas dogmáticos, teóricos o doctrinarios, sino desde
la experiencia reflexionada. Dado que la imposición absoluta a las masas del par
felicismo-placerismo se realizó en Occidente en los años 60 del siglo XX ha
transcurrido tiempo suficiente para realizar un juicio sobre su naturaleza a
partir de sus efectos. Por tanto, ¿qué es lo observable respecto a la evolución de
la naturaleza concreta del individuo medio y del cuerpo social en los últimos 50
años?, ¿ha mejorado o ha empeorado?
Lo que se percibe es que el vehemente énfasis puesto en el goce está
constituyendo individuos cada vez más débiles y vulnerables, que se desploman
con creciente facilidad antes las dificultades de la existencia, que poseen cada
vez menos autonomía psíquica y padecen una mengua constante de sus
capacidades espirituales. La depresión, como disfunción y padecimiento, como
forma grave de infelicidad, está en rápido ascenso. Una de sus causas
principales es el hedonismo obligatorio, pues éste significa egotismo, el
egotismo es soledad y la soledad acarrea un fuerte sufrimiento anímico, pues el
ser humano es, por naturaleza, sociable y afectivo, estando dotado de la
necesidad de querer y ser querido, de vivir en colectividad y realizarse en lo
comunitario, con abandono de la cárcel del yo en que ahora le tienen encerrado,
y se ha dejado encerrar. Tal estado de cosas lleva a la comercialización de la vida
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anímica a gran escala, a cargo de los novísimos manipuladores de la conciencia
y aniquiladores de la libertad espiritual, los psicólogos, psiquiatras y
psicoanalistas. Éstos realizan la expropiación de la vida interior del individuo,
que ya es cada vez menos suya y cada día más de tales mercaderes de palabras,
que invocan siempre la felicidad y la dicha como supuesto propósito de sus
rentables intervenciones.
Dado que el placerismo sólo considera, para el caso de la plebe, las facultades
sensoriales, todas las demás capacidades naturales del ser humano terminan
atrofiándose por falta de uso, reflexión que coincide exactamente con lo
observable. Declina la inteligencia, se extingue la afectividad, resulta nulificada
la voluntad, nada queda de la sociabilidad. Esto convierte al individuo en un ser
sin sustantividad ni mismidad que es construido desde fuera por quienes tiene
poder para hacerlo, las elites mandantes, en particular las vinculadas a los
medios de adoctrinamiento de masas estatales y empresariales, el sistema
universitario y escolar en primer lugar. El sujeto que se siente desposeído de
todo, que se halla a sí mismo torpe, solitario, agobiado, infeliz, sin voluntad,
vulnerable e ininteligente tiende a centrarse más y más en el dinero para
adquirir pretendidos remedios a sus males, de manera que monetiza su
existencia hasta el máximo, al mismo tiempo que ya todo lo espera de la
intervención institucional, de donde resulta la mentalidad contemporánea,
deseosa de recibir siempre y no dar jamás, lo que genera una atrofia aún mayor
de las capacidades. Así mismo está siendo devastado la persona en tanto que
realidad biológica, a través del sedentarismo, la mala alimentación, la obesidad,
la medicalización, la holgazanería, el consumo compulsivo de mercancías de
placer (alcohol y drogas), el confinamiento en las grandes megalópolis y el
crecimiento de las enfermedades crónicas. De la suma de tales factores se
desprende que el individuo medio conoce en el presente un grado de
inespiritualidad notable y en ascenso, al mismo tiempo que está en acelerado
declive en tanto que ente biológico. En lo que resulta perfecto es como sujeto
hiper-dócil, que obedece siempre al poder constituido, el cual no sólo hace en
cualquier circunstancia lo que le ordenan desde arriba sino que también piensa,
desea y siente lo que la autoridad determina en cada coyuntura que piense,
desee y sienta. Asistimos, pues, a la apoteosis del «homo docilis».
Tales son los efectos comprobables de la amoralidad sensualista y felicista, a los
cuatro decenios de la «revolución hedonista» realizada desde las instituciones
en los años 60 de la pasada centuria, si bien hay otras causas de los males
expuestos, varias de similar importancia a la considerada. En puridad, estamos
ante la culminación de la destrucción de la esencia concreta humana, meta
primordial del Estado liberal desde sus orígenes. El antídoto inmediato parece
ser la recuperación creadora de la filosofía moral, como disciplina subversora de
lo existente, entre otras medidas de variada naturaleza.


Félix Rodrigo Mora

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