Monday, 31 January 2011

DATOS Y ANÁLISIS PARCIALES PARA UNA RECONSIDERACIÓN DE LA CONDICIÓN DE LA MUJER Y DEL PROGRAMA FEMINISTA ( María del Prado Esteban y Felix Rodrigo)



“El camino para la paz es la extirpación del odio”
Luis Vives



El feminismo de Estado es quien hoy dicta la forma socialmente aceptada de

considerar la cuestión de la mujer, de tal modo que toda interpretación divergente resulta

marginada. Pero aquél culminó su formación como sistema de ideas hace ya medio siglo,

y desde entonces mucho ha cambiado la realidad social, comenzando porque su programa

está realizado en lo más sustancial, y lo aún no logrado es sólo cuestión de tiempo. Por

tanto, se ha producido un agotamiento de las formulaciones sobre estas cuestiones, cuyo

rasgo más remarcable es su creciente contradicción con las nuevas realidades sociales,

hecho que no pueden admitir aquellos, mujeres y hombres, que llevan decenios

dedicados, con excelentes resultados profesionales y crematísticos, a elaborar y propagar

el credo feminista ortodoxo.


Pero más allá de los intereses creados ha de prevalecer la verdad, de la que tiene

que salir una reelaboración de la cuestión de la mujer apta para el siglo XXI, la cual ha de

sustituir a la hoy en vigor, marcada por la situación y las ideas de mediados del XX. Ello

todavía no es hacedero, pues son numerosas las materias por investigar y debatir, pero sí

es posible ya ir adelantando ciertos datos, sin duda incompletos, y algunas reflexiones,

muy insuficientes por el momento, con propósitos actualizantes y renovadores. Se trata

de iniciar un proceso cognoscitivo que nos lleve a la intelección de las situaciones

nuevas, también a pasar desde la propaganda a la objetividad, y desde la razón de Estado

a la verdad.


Los cambios acaecidos son obvios. Citaremos algunos. Hoy el Ministerio de

Defensa de España está en manos de una mujer, responsable no sólo de las operaciones

militares en el exterior y del rearme en el interior sino de lo que sucede en cada

cuartelillo de la Guardia Civil, dado que este cuerpo policial depende de ese Ministerio,

además del de Interior. Condoleezza Rice, mujer y negra, consejera de seguridad

nacional con G. Bush y autora del informe oficial “Estrategia de Seguridad Nacional”,

septiembre de 2002, es culpada de haber ordenado la tortura de los presos de guerra de

EEUU, y a ese texto se le tiene por un manual de terrorismo de Estado. En suma, ya es

irrealista presentar a las mujeres como sujetos sin poder, no responsables e inocentes. El

20 de febrero de 2007 tuvo lugar un suceso de gran significación, la soldado Idoia

Rodríguez Bujan murió en combate en Afganistán, “por España”. Es la primera mujer

soldado que ha conocido tan triste suerte. El 14 de marzo de 2009 una concentración de

15.000 policías, varones y mujeres, que se manifestaban por sus reivindicaciones en

Madrid, recibió a Rosa Díez, matriarca de UPyD, con el grito de “¡Presidenta!,

¡Presidenta!”, refiriéndose a su deseo de que sea ella la que ocupe la máxima

magistratura política. Que los aparatos policiales demanden una presidenta femenina,

cuando hasta no ha mucho se les tenía por reservorio de la misoginia más “tradicional”,

dice muchísimo sobre lo que ha cambiado.


El enfrentamiento entre los sexos ha alcanzado cotas nunca conocidas, con un

agravamiento extremado del recelo y la incomprensión, del aborrecimiento y odio

mutuos, asunto que quizá sea uno de los más terribles entre los males sociales en curso.

Así mismo, los desencuentros entre féminas están creciendo, en especial en el seno de la

empresa, entre mujeres jefas y subordinadas, asunto explicable teniendo en cuenta que

una parte de las personas más ricas de España, que forman el cogollo del gran capital,

son mujeres, como Ana Patricia Botín, presidenta del Banesto, una de las 600.000

empresarias del país, que explotan a mujeres y a hombres por igual. Así se ha ido

constituyendo una formación social regida por el odio de unos a otros, lo que nos

condena a la impotencia política y social, y hace nuestras vidas aún más duras, difíciles y

lúgubres. Ahora se trata, pues, de proporcionar hechos y reflexiones que ayuden a

comprender ateóricamente tales asuntos, dejando a un lado los viejos y gastados

dogmatismos




En el pasado


La interpretación que se suele ofrecer del estatuto social de las mujeres antaño se

caracteriza por su desdén por la objetividad. En ella no tienen cabida los hechos,

imparcialmente considerados, pues es literatura de denuncia, realizada con fines

pragmáticos, de donde ha resultado un producto ideológico-político institucional en el

que la verdad carece de lugar. Así el pasado, en general, es presentado, como una suma

de atrocidades, perpetradas por los hombres contra las féminas.


Sin ánimo de agotar el tema y con la única pretensión de ofrecer datos que hagan

reflexionar, se traerán algunos hechos esclarecedores. A mediados del siglo XVIII se

confeccionó el catastro de Ensenada en parte de los territorios de la corona de Castilla.

Por él sabemos que en todas las poblaciones las viudas existían como categoría social,

siendo bastante más numerosas que los viudos, a pesar de que solían nacer más niños que

niñas. Ello desautoriza la idea de que las mujeres morían en masa en los partos. En

realidad, la mortandad masculina era bastante mayor, y la esperanza de vida de las

féminas superior (igual que hoy), a causa de las cargas que eran (y una parte de ellas aún

son) propias de la condición masculina: servir en los ejércitos, los trabajos peligrosos

(entonces, como hoy, casi todos los accidentes laborales mortales tenían como víctimas a

los varones) e insalubres, a veces una alimentación peor, pues era corriente reservar lo

mejor para las madres lactantes o gestantes, y los hijos o hijas de menor edad. Es, así

mismo, inexacto, que la vida femenina quedara reducida a la crianza, pues el número de

nacidos por mujer se situaba en torno a 2,251. Era relativamente común que las mujeres

ejercieran trabajos luego tenidos por “masculinos”, como trato y comercio de ganado,

herrería, carretería, fraguas y otros, y fueran propietarias de talleres artesanos, teniendo

empleados varones a su cargo, y tierras.


Una de las formulaciones más faltas de verdad de la nueva ortodoxia es que las

mujeres en el pasado eran permanentemente sometidas por los varones y que el maltrato

y forzamiento de las mismas era admitido socialmente y habitual en sus relaciones. Los

datos que proporcionan los estudios sobre la era premoderna no lo confirman. Así, el

examen sobre la jerarquización de las sepulturas, en el texto citado, señala que en su

grado superior, el más costoso y el que manifestaba más cariño por los difuntos, era

donde las mujeres fueron sepultadas en mayor cantidad. El infundio sobre la mujer

esclava del varón en ese tiempo no tiene prácticamente ninguna base documental, lo que

se observa es que ellas estaban rodeadas de un halo de sacralidad siendo, por tanto,

veneradas y amadas2. Ha sido la modernidad la que ha puesto fin a dicho estado de cosas,

al degradar la condición de la mujer, particularmente con su incorporación en masa al

salariado, vilificante para ellas tanto como para ellos.


Una obra de investigación que refuta tópicos con contundencia es “La familia

campesina del Occidente asturiano”, por Asunción Díez, en la que la mujer de ese

territorio, antes de la modernidad, es presentada como un ser humano libre y

autodeterminado, especialmente en su vida sexual. A similares conclusiones llega, para el

norte de Navarra, “La guerrilla española y la derrota de Napoleón”, de John L. Tone,

buen trabajo de investigación a partir de fuentes primarias, el cual, al estudiar las bases

sociales de la guerrilla anti-napoleónica, concluye que las mujeres disfrutaban, sobre todo

en la mitad norte del viejo reino, de un grado de autosuficiencia y libertad grandes.

Señala que allí donde era activo el concejo abierto, los comunales tenían mucha

extensión, el grado de autonomía del municipio era elevado, muy reducida la circulación

del dinero, escaso el actuar del mercado, sólida la institución del “auzolan” (ayuda mutua

vecinal) y la presencia del Estado, por todo ello, mínima, las féminas llevaban una

existencia libre y unida a los varones. Por el contrario, en las áreas más modernizadas, la

situación cambiaba. Pablo Sastre, en “La presencia de las cosas”, apunta, así mismo, que

en la Euskal Herria rural la mujer poseía mismidad y libertad y las peculiaridades y

diferencias entre los dos sexos se hacían complementarias y no excluyentes (3).


Los estudios de Pegerto Saavedra y otros sobre la vida cotidiana en Galicia en la

fase pre-liberal alcanzan conclusiones similares. La extraordinaria autonomía,

autenticidad y vigor de la mujer gallega, en todos los órdenes, es bien conocida. Una

muestra de ello eran las muchas cuadrillas de segadoras autoorganizadas que bajaban los

veranos a recoger la cosecha a Castilla, moviéndose durante meses a su libre albedrío. El

ilustrado Martín Sarmiento hizo notar, a mediados del XVIII, que en Galicia (en realidad,

en todo el norte) las mujeres disponían entonces de superioridad social, en Castilla existía

igualdad entre los sexos y en Andalucía predominaban los hombres (4), derivándose esto

último no sólo de la funesta herencia islámica sino sobre todo del peso del Estado y del prematuro desarrollo de relaciones monetario-salariales en el eje Sevilla-Cádiz, por su

privilegiada relación con América.


Todo ello explica la fuerte impresión que hizo a Teófilo Gautier, en 1840, el alto

nivel de consideración social que aquí tenían las féminas, lo que queda recogido en “Un

viaje por España”, obra en que concluye que: “en España las mujeres disfrutan de mayor

libertad que en Francia”, a pesar de que conoció principalmente ciudades, pues de haber

visitado el mundo rural su pasmo habría sido mayor. Semejante estado de cosas se

mantenía aún, a pesar del misógino código civil de 1889, en los años 30 del siglo XX. Es

demostrativo de ello el caso de Margarita Nelken. Ésta, durante todo el periodo

republicano fue votada en los sucesivos comicios diputada por Badajoz, provincia de “la

España profunda”. En la época algunas mujeres alcanzaron un formidable predicamento

entre las masas trabajadoras, Dolores Ibárruri, Federica Montseny, la citada y otras más,

llenaban las plazas de toros con multitudes, hombres más que mujeres, ansiosos de

conocer sus argumentos y directrices en circunstancias políticas a veces dramáticas. Por

tanto, en ese tiempo, los varones no eran enemigos de las mujeres sino sus alumnos,

cuando aquéllas poseían capacidades intelectuales y oratorias apropiadas, el que no

hubiera más féminas en magistraturas de responsabilidad se ha de achacar a la falta de

interés del resto de éstas, no a la mala fe de los hombres. Semejante centralidad de las

mujeres no se daba, para esas fechas, en ningún país de nuestro entorno (5).

La conclusión que se desprende es que las clases populares estaban, entonces,

libres de sexismo. En su vida diaria había división del trabajo por género, pero de ello no

resultaba desigualdad ni preterición de uno u otro (salvo en los asuntos sometidos a la ley

estatal sexista, a la coacción jurídica), sino complementariedad. Por tanto, mujeres y

varones se mantenían afectuosamente unidos, primero por lo que comparten de la

condición humana y, segundo por lo que les diferencia, concebido el otro sexo como

complemento imprescindible para llevar una existencia plena. Ello cambió con el triunfo

del constitucionalismo liberal, en lo medular un proceso de crecimiento del ente estatal,

drástica reducción de las libertades populares reales y expansión de la clase empresarial,

de todo lo que resultó, entre otros males, la preterición de la mujer.


Una refutación de quienes tildan a los hombres en general de “machistas” y

patriarcales” es el libro de Mika Etchebéhère “Mi guerra de España”, quizá el mejortexto autobiográfico sobre la guerra civil de 1936-39. Esa mujer, voluntaria antifascista,

designada jefa militar por los cientos de hombres que con ella combatían, y admitida

luego en el Ejército Popular como capitana (finalmente fue obligada a volver a su país

por coacción de las potencias “democráticas” que no admitían mujeres combatientes,

mucho menos en la oficialidad), ofrece una descripción de los acontecimientos en la que

resalta el acatamiento y fervor con que era obedecida por aquéllos, campesinos la

mayoría, en quienes no halló atisbo de machismo. Claro que Mika no piensa en

escenificar ninguna “guerra de los sexos” para dividir al pueblo en beneficio de las elites,

sino que es una mujer admirable, libre de odio sexista y, por ello mismo, plena de afecto

y atenciones hacia los varoniles sujetos que bajo su mando combaten y mueren. El mito

del machismo innato, hormonal, queda así desautorizado. Un aspecto más a destacar es el

admirable nivel moral de su autora, lo que contrasta con la cruda amoralidad y el

descarnado pragmatismo del feminismo institucional.

La marginación de la mujer no ha resultado de los hombres, sino del orden político

y jurídico. El derecho romano, expresión del militarismo de una formación social que

vivía de la conquista y era hostil a las mujeres (aunque las de las clases altas tenían en

plena propiedad esclavos varones, con derecho de vida y muerte sobre ellos). Con el fin

del imperio, en algunas áreas de Europa, como el norte de la península Ibérica, el derecho

romano fue rechazado6 y su lugar resultó ocupado por el derecho consuetudinario, o de

creación popular. La Alta y Central Edad Media hispana fue una época de fusión entre

los sexos, donde la autonomía mujeril fue la norma, lo que se pone de manifiesto, por

ejemplo, en el románico erótico hispano, marcado por la presencia femenina. Sin

embargo, a partir del siglo XIV, con el inicio del triunfo de la corona sobre la sociedad

concejil, consuetudinaria y comunal, tiene lugar una regresión al derecho romano, si bien

hay resistencia, a veces enérgica, al auge de éste, como se pone de manifiesto en los

textos de Francisco Martínez Marina, el reputado historiador del derecho y politólogo de

comienzos del XIX. Con la adopción del tomismo, esto es, el retorno a Aristóteles y el abandono del auténtico cristianismo, en el siglo XIV, se sientan las bases doctrinales para

la marginación de las féminas, a imitación de la Antigüedad, aunque el proceso tardó

siglos en culminar.


Son las revoluciones negativas, creadoras de la modernidad, las que van a hacer

retroceder a las mujeres, en lo jurídico, a un estatuto de indefensión y minoría de edad

similar al que conocieron en Grecia y Roma. La iglesia, desde la aceptación de la obra de

Tomás de Aquino, en el XIV, y el concilio de Trento, en la segunda mitad del siglo XVI,

había presionado en esa dirección, pero su poder efectivo, material y espiritual, era

limitado. La autoridad pre-liberal fue promulgando leyes que reducían la plenitud política

y civil de las féminas en algunos asuntos, en particular durante el siglo XVIII7, pero ello

no cristalizó en un sistema legal articulado hasta la centuria siguiente. Es sabido que la

revolución francesa fue funesta para la mujer (también, y sobre todo, para las clases

populares), pero hay que esperar a su plasmación jurídica suprema, el Código Civil

francés de 18048 y a su aplicación efectiva para encontrar un orden social que puede ser

calificado de patriarcal, aunque con reparos pues este concepto es una construcción

ajena a la realidad histórica.


En su “Libro Primero” establece la patria potestad como categoría jurídica axial,

relegando a las mujeres a un estado civil subordinado a “la potestad marital”. Así, se crea

la familia patriarcal que, anteriormente, no existía, salvo en las clases mandantes, e

incluso en ellas de forma imperfecta. Ese era el fruto del modelo de sociedad surgida de

la revolución francesa, en la que el militarismo y el salariado son cuestión capital. La

nueva familia había de reproducir el orden castrense con apariencia civil, la tarea

asignada a la mujer era parir y criar hijos para abastecer a los ejércitos y la Armada,

también para la naciente industria. Pero se ha de puntualizar que la marginación

femenina se dio en los asuntos que dicho código estatuye, no en todos.

Es la razón de Estado la que crea, por tanto, un tipo de relación hombre-mujer

basada en la desigualdad, el recelo y la ausencia de amor mutuo, en la cual el varón y sus

intereses” prevalecen, aunque luego veremos a qué precio en el caso de las clases subalternas. Quienes hablan de “siglos de dominación hombre-mujer” se equivocan por

partida doble, pues en Occidente hay desigualdad jurídica desde exactamente 1804, y no

resulta ser el hombre en general quien domina sino la minoría mandante organizada

como sistema político, mientras que el varón común es forzado por la ley positiva a

prevalecer sobre la mujer en algunas cuestiones, le guste o no. Naturalmente, hubo

muchos hombres que se negaron a aceptar tan vil “privilegio”. En los territorios incluidos

en “la nación española” la resistencia a la imposición del nuevo derecho, por imitación

del código napoleónico de 1804, fue vasto y se mantuvo hasta 1939, e incluso después.

Pero la obra legislativa y codificadora de Napoleón I, el Hitler del siglo XIX, no se limitó

al Código Civil, pues también promulgó el Código de Enjuiciamiento Civil, 1806; el

Código de Comercio, 1807; el Código de Enjuiciamiento Criminal, 1808; y el Código

Penal, 1810, inspirados en la misma idea guía.


Dado que nuestros liberales fueron monos de imitación de todo lo francés, el

código civil napoleónico fue copiado en los diversos textos legislativos que se

promulgaron en España en el siglo XIX, particularmente en el código civil de 1889. Éste

estatuye la noción de familia como orden jerárquico en el que manda el varón. Pero su

tardía promulgación nos dice mucho sobre la enorme aversión que, en las clases

populares, suscitaron esa y otras innovaciones. De hecho la hegemonía real del hombre

no se consiguió, aunque de un modo precario, hasta el franquismo, por el baño de sangre

que éste realizó, que permitió radicales mutaciones sociales, en primer lugar la

destrucción de la sociedad rural popular, la industrialización, la aculturación del pueblo,

la constitución de “la sociedad de la información” y la creación de la universidad de

masas (a la que se incorporaron en gran número las mujeres). Diferente fue la situación

entre las clases próceres y medias, sobre todo las urbanas, que muy pronto se adecuaron a

esa normativa y convirtieron la desigualdad y desamor entre los sexos en un modo de

vida interiorizado.


Lo más infausto del código civil de 1889 es la institucionalización del

desencuentro entre hombres y mujeres, el cual tiene en la forzosa desigualdad por género

su clave de bóveda. Hoy tales nocividades provienen, sobre todo, de las prédicas del

feminismo de Estado, ideología del odio al varón, y de las medidas legales sexistas, como

la Ley de Violencia de Género de 2004, impuestas por el aparato gubernamental.

Reseñable fue la contribución de la izquierda radical de la época, misógina hasta

el delirio al modo jacobino, por ejemplo Francisco Pi y Margall, republicano, seguidor

del anarquista Proudhon e ideólogo del movimiento obrero. En 18699 sostiene que “la

misión” de la mujer está en el hogar, donde tiene “su teatro, su asiento, su trono (sic)”, de

manera que no ha de trabajar en el exterior, ni tampoco ocuparse de política, pues, en

definitiva, “en el hogar doméstico, no fuera de él, ha de cumplir la mujer su destino”. No

fue el único entre los “radicales” en defender tales ideas. Pi fue unos años después

ministro, con la I república, y aún hoy es tenido por progresista y hombre de izquierda

modélico, aunque su verdadera naturaleza era la de estadista, entregado a realizar el bien

del Estado. Como tal, se reduce a explicar la ideología que subyace a las elaboraciones

doctrinales10 y legales de las revoluciones liberales, promovidas desde arriba para

reduplicar el poder de las elites mandantes. Solo quienes viven el presente sin

preguntarse por el pasado pueden pretender que, siendo las instituciones políticas las

causantes de la subordinación femenina vengan a ser, en nuestros días, sus liberadores.

Una parte importante de la política gubernamental hacia la mujer, en el presente, es

la adulación con segundas intenciones, el fomento de un estado de autocomplacencia de

género que va de la mano del victimismo y el rencor. Pero la pérdida de la objetividad,

más si es fomentada por el adversario natural de la libertad (de las mujeres tanto como de

los hombres), debe ser evitada. Por tanto, pasemos ahora a conocer la otra cara de la

cuestión. Al lado de la preterición de las féminas en cierto número de asuntos, existían

ventajas innegables adscritas a su condición, mientras que las prebendas entregadas por

el Estado al varón, sin que éste las hubiese demandado, convivían con las servidumbres

inherentes a la condición masculina. En efecto, en contra de las concepciones simplistas

y unilineales, lo cierto es que cada uno de los géneros padeció una situación de tensa

antinomia y contradicción interior.


El código civil de 1804 otorgó ciertos perversos privilegios a los hombres, pero no

fue ello lo que marcó su existencia en ese tiempo, sino la guerra. Napoleón I, el tirano

conquistador y genocida en que culmina la revolución francesa, alistó a la juventud

masculina de Francia (y de algunos de los países conquistados) en sus ejércitos donde les

esperaban miserias y padecimientos inhumanos y donde, en número aterrador, fueron

heridos, mutilados o muertos. Es verdad que fallecieron féminas en tales contiendas, y

que otras soportaron sevicias intolerables, pero en cantidad mucho menor. A las guerras

napoleónicas fue la juventud popular masculina, pues los hijos de las clases pudientes no lo hicieron hasta 1813, cuando ya faltaban hombres en edad militar, estremecedora

expresión del alto porcentaje de muertes, mutilaciones y cautiverio padecidos por éstos.

En los territorios de la corona de Castilla, según la Real Ordenanza de 1770,

debían ir al ejército uno de cada cinco hombres, por sorteo. Aquéllos entre 17 y 24 años

servían 8, entre 24 y 30 lo hacían durante 7 años y de 30 a 36 años 6. La vida militar era

terrible incluso en tiempo de paz, y las gentes tenían un miedo cerval al reclutamiento.

Incluso en ausencia de conflagración en los cuarteles existía un alto índice de muertes,

así como de enfermedades, miseria, humillaciones, castigos atroces y degradación. Los

desventurados que eran enviados a las colonias morían en una proporción elevada. Los

varones que, al ser licenciados, regresaban tras tantos años en filas solían hacerlo

enfermos del cuerpo y del espíritu, difícilmente se adecuaban a la vida civil, sobre todo

en las aldeas, al estar maleados por el autoritarismo, el contacto con prostitutas, el uso de

dinero, el alcoholismo y un estilo violento de comportarse, rasgos que repercutían de

forma negativa en sus relaciones con el otro sexo. Los ex-soldados fueron introduciendo

un modo misógino de concebir a la mujer, en las clases populares, pues el ejército fue un

ámbito cardinal de su aculturación, a través de los reclutas.


Las rameras que acompañaban a los ejércitos (así como a las concentraciones de

trabajadores asalariados masculinos desplazados, propios de la primera revolución

industrial) llegaron a ser el modelo de mujer por excelencia para muchos de estos

varones, debido a que durante la flor de su juventud no conocían a otras, lo que tuvo

efectos desastrosos sobre la convivencia entre los sexos. Podemos decir que la imagen

magnífica y enaltecida que la revolución positiva de la Alta Edad Media hispánica otorgó

a la mujer comenzó a perderse en el seno de las clases modestas, sobre todo a causa de la

existencia de ejércitos permanentes, a partir del siglo XVIII, aunque el proceso fue muy

largo, pues sólo culminó con el franquismo, y ello con reservas de importancia, por la

resistencia popular.


Lo que vulgarmente se entiende por “macho”, esto es, un varón chulesco,

violento, inmoral y misógino, es una creación sobre todo del ejército, por el que fueron

forzados a pasar todos los hombres, no algo inherente a la condición masculina. Ahora,

cuando miles de mujeres (que, no tardando, serán decenas de miles y después cientos de

miles) se están incorporando a las fuerzas armadas, cuerpos policiales y compañías de

seguridad, así como a otros organismos estatales y a las empresas, con funciones de

mando, una parte de ellas inevitablemente está desarrollando la misma mentalidad sádica

y brutal propia de un cierto número de varones. Los seres humanos, las mujeres igual que

los hombres, son plásticos y moldeables, para bien y para mal, llevan una existencia

concreta y su idiosincrasia resulta de causas perceptibles, en general de naturaleza

política y social, no de brumosos esencialismos, o de oscuros determinismos tomados del

social-darwinismo, como la noción de “macho agresivo”.


Desde el siglo XIX se desencadenó una vehemente militarización de la sociedad

.La constitución de 1812 (art. 9) y sus sucesivas actualizaciones, fueron el origen de una

legislación terrorífica, que afectaba sólo a los varones. Al igual que en toda Europa.

Conmueve leer los datos sobre bajas en la I guerra mundial (1914-18): 1,7 millones en

Francia, 2 millones en Alemania, 600.000 en Italia, 700.000 en Inglaterra11. En Francia

pereció el 27% de los varones entre 18 y 27 años, porcentaje pavoroso, mientras que el

número de mujeres muertas por la guerra en ese tramo de edad fue muy escaso12.

Un testimonio del espanto que producía en las familias la incorporación de sus

hijos a las listas de mozos para el cupo militar, la tristemente famosa “contribución de

sangre”, se encuentra en “Recuerdos de una humilde aldeana”, Anastasia Mangada. Las

familias pagaban durante muchos años seguros contra las quintas, vendían sus bienes y se

arruinaban para eximir a sus hijos de la incorporación a filas, abonando al Estado la

cantidad exigida. En la guerra de 1895-98 hubo en las colonias, Cuba sobre todo, unos

330.000 soldados de reemplazo, de los cuales 55.000 murieron, los más por

enfermedades. De los que regresaron una gran parte lo hizo con la salud quebrada,

hombres jóvenes devastados por las dolencias tropicales , falleciendo muchos de ellos en

los años posteriores, en ocasiones tras una larga agonía, habiéndose visto obligados no

pocos a ejercer la mendicidad. En julio de 1921, en dos días, 19.000 soldados del ejército

español murieron en Annual (Marruecos).


En la batalla del Ebro, en julio-noviembre de 1938, hubo 130.000 bajas entre

ambos bandos. Los que murieron fueron, a menudo, los más afortunados, pues los vivos

padecieron bombardeos sin fin, asaltos frontales, heridas y enfermedades, una vida

infrahumana en las trincheras, sed y calor en verano, frío y humedad en otoño, en todo

tiempo el espantoso hedor y visión de cadáveres en descomposición. No pocos enloquecieron, y una parte de los supervivientes quedaron psíquicamente dañados para el

resto de sus vidas. A los hombres, pues, se les otorgó la patria potestad también para

atarlos a una vida en la que la guerra era su destino. A las mujeres se las dejó disminuidas

legalmente, pero se las mantuvo fuera de los ejércitos, al margen de las guerras. Unos y

otras fueron sacrificados, aunque de manera diferente, a la razón de Estado. Ambos

víctimas del mismo statu quo, de las mismas instituciones.


Con el franquismo, 1939-1977, lograron las elites establecer una preterición estable

de las mujeres, y asentar la idea de la “inferioridad” de aquéllas, que justifica su tutela

por padres o esposos, pero con limitaciones pues siempre encontraron reticencias, en

buena parte de la población masculina y femenina. Aunque su política natalista, por

motivos industrialistas y militares, era agobiante, siempre tuvo elementos

contrarrestantes, pues no estaba al margen del ascenso hacia la modernidad. Alentó el

que un porcentaje de mujeres no desdeñable trabajase fuera de casa. Impulsó los

mecanismos para la destrucción de la familia si bien bajo una retórica sobre su defensa,

lo que es coherente con las necesidades esenciales del orden vigente. Aunque mantuvo la

restricción de derechos legales a las mujeres, hizo que éstas irrumpieran en masa en la

enseñanza superior lo que contenía la exigencia de la ulterior “liberación” de aquéllas.

Hay que recordar que si el franquismo reforzó el régimen de tutela masculina de la mujer

al mismo tiempo descargó lo principal de sus acciones represivas sobre los varones.

Éstos constituyeron más del 90% de los por él punidos.


Para imponer los intereses del Estado a las mujeres creó la Sección Femenina, del

partido fascista en el gobierno, FET y de las JONS, que es el antecedente del Instituto de

la Mujer y del Ministerio de Igualdad. Aquélla y éstos conciben a las féminas como

pertenencia de las instituciones políticas, sometidas a sus designios estratégicos,

cambiantes según las circunstancias13. Es aciago que desde cierto feminismo se presente

de manera favorable aquella institución fascista. Se hace en “Las mujeres en el fascismo

español. La Sección Femenina de la Falange, 1943-1959”, de Kathleen Richmond. Tras

ello está la deriva de extrema derecha de una parte del movimiento que dice defender a las mujeres. Otra muestra de eso es la consigna, “Contra violación, castración”, que pide

la mutilación física como pena de un delito, abominable sin duda, pero cuya punición ha

de quedar, como cualquier otro, fuera de lo cruel. Coinciden en ello con la Alemania

nazi, pues durante los años 1937 a 1942 fueron castrados 150-200 varones anualmente,

por delitos sexuales(14).


Otra idea común de cierto feminismo y la ideología de los fascismos es que uno y

otros ponen el odio en el centro, aquél a los hombres, éstos a los comunistas, judíos y

masones. Cuando la voluntad de odiar se hace vehemente y compulsiva, hasta el punto de

que la existencia toda de la persona se sustenta en el aborrecimiento, lo que se crea son

fanáticas y fanáticos incapaces de reflexionar, por tanto, sujetos dóciles que el poder

maneja a su antojo. Recordemos que el Gran Hermano orwelliano imponía a la población

unos minutos diarios de odio, con ese propósito.


En el presente


Hoy se ha creado para las mujeres un conjunto de teorías convertidas en sistema

de adoctrinamiento que, al estilo de la publicidad comercial no se propone demostrar sus

fundamentos con el estudio imparcial de la realidad sino que se basa en la repetición de

unos principios dogmáticos que han de ser asumidos por fe y apela sobre todo a la

emocionalidad, factor éste integrante de la noción del “eterno femenino”, de una

misoginia irritante, pues ignora la inteligencia de aquéllas y absolutiza su parte intuitiva.

Ante ello hay que acordar, con el filósofo William James, que “no es fe lo que más falta

le hace a la humanidad en general, sino prudencia y sentido crítico” (15).


El ascenso de un feminismo promovido desde arriba hasta la conversión de su

doctrina en programa de un ministerio (el de Igualdad), resulta de la fusión de un

movimiento que tuvo carácter de masas con los medios de “la sociedad de la

información”, cuya potencia para transformar ilegítimamente la conciencia social e

individual se ha multiplicado en los últimos decenios. Ello ha permitido cambios tan

decisivos en la vida de las mujeres como en su pensamiento.


Superada la fase del sufragismo, la “liberación” femenina se definió como el

efecto necesario de la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado. Hacerse con dinero propio, alcanzar el éxito profesional, lograr poder y mando bien remunerado

accediendo al funcionariado estatal e incluso labrarse una fortuna en los negocios fue

considerado la meta principal que debían marcarse todas las mujeres, el mecanismo

cardinal de su realización personal e independencia (16). Esto equivalía a sostener que el

orden capitalista, por sí mismo, en su desarrollo ineluctable, era el destinado a

emancipar” a las féminas, dada su avidez por contratar cada vez más mano de obra. Este

planteamiento, aunque se ha calificado de “radical”, se inscribe en el ideario más

conservador y se basa, además, en una grave distorsión de la realidad histórica, pues en

nuestro siglo XIX fue muy fuerte la resistencia de los varones al trabajo asalariado,

considerada una actividad servil, próxima a la esclavitud, además de moralmente

degradante, por su íntima conexión con el dinero. En consecuencia, no se logra

comprender por qué lo que es funesto para los hombres habría de ser magnífico para las

mujeres, cómo es posible que lo que aquéllos combatieron éstas deban demandarlo con

embeleso. Pero por ello, las féminas se han convertido en un factor decisivo para el

crecimiento del país como potencia mundial, desde su precaria situación precedente,

pues no sólo se han incorporado varios millones de personas al tejido productivo

dominado por la clase empresarial sino que son una fuerza de trabajo especialmente

motivada, entusiasta y entregada (17), debido a que se las ha persuadido de que, al ser

explotadas, se “liberan”...


El franquismo no fue contrario a la incorporación de las mujeres a la vida laboral

asalariada, pues si idealizó en una época al ama de casa confinada en el hogar y dedicada

al cuidado de los hijos lo hizo porque la salida masiva de familias desde la ruralidad a

las grandes ciudades lo requería ya que las mujeres perdían las redes de apoyo que en la

sociedad agraria permitía conciliar el trabajo productivo (a menudo no asalariado) y la

crianza. De modo que el encierro hogareño fue solo un episodio necesario en el que las mujeres rurales y populares olvidaron su vida pasada para poder integrarse en la

sociedad urbana moderna (18).


Así, en 2008, las mujeres trabajadoras por cuenta ajena eran nueve millones y

medio, el 44% del total de los asalariados. Espoleadas de forma permanente por los

aparatos de propaganda, el empleo se ha convertido en la primera aspiración u obligación

de las españolas. Es significativa la consigna-orden que aparece en una revista femenina,

Enamórate de tu trabajo”, lema doblemente aberrante por el carácter despótico del

mandato y por llamar a las mujeres a poner la producción por encima de la vida,

sacrificando ésta al dinero, que aparece como redentor, mientras el marido es presentado

como opresor y los hijos como “explotadores” de sus madres. Así se realiza el conocido

ideario implícito en ciertas teorías sobre la emancipación de la mujer, a saber, “todo por

la producción”, y “todo para la clase empresarial”. La búsqueda de la máxima ventaja en

el mercado laboral es el principal motivo por el que accede un buen porcentaje de

mujeres a la Universidad. Son ya el 53% de los titulados universitarios, (lo que aboca a

un futuro “matriarcado”, de muy peculiar naturaleza), pero lo cierto es que cada vez

resulta ser menor el interés de las féminas, con las excepciones de rigor, por el

conocimiento o la verdad, pues no buscan casi otra cosa que aquello que tiene mayor

salida profesional.


Pero el gran éxito conseguido tiene su origen en la combinación de múltiples

modos y procedimientos de aleccionamiento, nacidos de la fusión de lo más significativo

de los movimientos feministas con el poder constituido, lo que da origen a lo que se ha

llamado feminismo de Estado19. El Instituto de la Mujer se creó en 1983, bajo el gobierno

del PSOE, y ha desarrollado desde entonces una enérgica actividad, con campañas de

prensa y televisión, pero sobre todo formando un ejército de agentes que han llevado a

todos los rincones del país un conjunto de ideas y normas, transformando la conciencia

social de forma decisiva20. Con el lenguaje de la sicología, ordena a sus súbditas que se

ocupen de sí mismas y de su propio interés, expresado en el aspecto crematístico. Esto es, se las conmina a pasar de la cosmovisión del amor a la del egoísmo, sin la cual el

capitalismo no puede operar de forma óptima. La relación de muchas mujeres con el

dinero se ha alterado de forma esencial, apareciendo la figura de la consumidora

compulsiva, personaje destructivo, violento y degradado que nunca considera suficiente

la cantidad de bienes y servicios de que se apropia. Han sido principalmente mujeres las

que, por ejemplo, han conseguido hacer de El Corte Inglés la segunda cadena minorista

del mundo, con un volumen de ventas de 17.400 millones de euros en 2008.


Además de la escalada consumista, la “recompensa”, para un sector de las

féminas, ha sido el ascenso en el escalafón de mando de las empresas. Es común oír que

el poder, empresarial o funcionarial, de las mujeres tiene un carácter más democrático y

humano afirmación sexista desmentida por los hechos, que dejan claro que su condición

biológica no determina el ser portadoras de valores superiores. Hoy puede observarse que

el que más y más mujeres ocupen cargos de responsabilidad en las empresas no ha

humanizado las condiciones de trabajo, no ha mejorado la convivencia, ni siquiera entre

ellas, ni ha construido la hermandad de género que se prometió. Hoy más que nunca

cientos de miles son atropelladas y vejadas en su vida laboral por otras mujeres, sus jefas,

que procuran hacer sentir su superioridad sobre sus subordinadas a menudo con más rigor

que los hombres, para demostrar a todos que pueden ser tan duras y desalmadas como

aquéllos. Ni siquiera se ha conseguido la igualdad salarial, pues la discriminación, tan

intolerable, en este aspecto es del 20%, e incluso más .


El salariado nunca emancipó a los hombres, más bien al contrario, ni tampoco

liberará a las mujeres. Los autores clásicos, desde Aristóteles, consideraron el trabajo por

una contraprestación monetaria como quehacer no libre, similar al de los esclavos21, y

sólo la sociedad moderna, destructora de la civilización, ha conseguido borrar la

comprensible aversión que hacia él se ha tenido durante milenios. Cierto feminismo ha

desempeñado un papel fundamental en ello, idealizando contra toda evidencia una forma

de trabajo que es siempre dirigido desde fuera, organizado jerárquicamente y que genera

servilismo, arruina la inteligencia, agota las capacidades volitivas, lleva a la inmoralidad,

hunde la sociabilidad, se mofa de la libertad civil y devasta la sensibilidad, mucho más en

el presente, cuando además está maquinizado. Por causa de él, la esencia concreta

humana hoy está siendo aniquilada22. Ciertamente, todas y todos, con cada vez menos excepciones, estamos obligados, en la actual formación social, a realizar trabajo

asalariado, pero ello ha de considerarse como una penosa obligación, no como una

práctica “emancipadora”, ni para los hombres ni para las mujeres. Desde luego, no es

menos embrutecedora la situación del ama de casa, figura patética, creada por el

franquismo, hoy en fase de extinción. Lo que prueba que en el actual orden no hay

solución a los problemas fundamentales.


Puesto que el trabajo a salario es una tarea extremadamente reglamentada en

cuanto a horarios, espacios y dedicación produce una ruptura de la existencia de las

personas en dos mitades, lo personal, o privado, y lo laboral. Antes de la generalización

del mismo, lo doméstico y los trabajos útiles formaban parte de las labores ineludibles

para satisfacer las necesidades básicas de las personas. Integradas en la vida estaban

igualmente todas las actividades y situaciones que permitían y mejoraban la convivencia

y el amor mutuo, así como las que tenían por objeto la estética o el desarrollo del mundo

espiritual, las de aprendizaje y las lúdicas. El laborar asalariado rompe la unidad de la

existencia de los individuos, lo doméstico es satanizado como esfera opresiva por

excelencia, y por ello se ha convertido en un problema perpetuo, tanto social como

individual.


La mercantilización de las tareas del hogar23, sobre todo por la incorporación

masiva de mujeres inmigrantes, es decir, por la descarga de estas faenas sobre otras

mujeres venidas de fuera del mundo occidental, convierte la “liberación femenina” en

una nueva forma de explotación de mujeres por mujeres, pues las de los países ricos

logran tal meta a costa de sus criadas. La inmigración, que es una forma de expoliación

de los países pobres, ha transformado también la función asignada a las mujeres en el

pasado por el Estado para cubrir sus necesidades demográficas, derivadas de las

exigencias de mano de obra, pero, sobre todo, de los requerimientos militares, España

tiene una población extranjera diez veces superior a su crecimiento natural por

nacimientos, y gracias a ello el país se puede permitir una natalidad muy lejana a la tasa

de reposición de la población pues trasladan los costes de la crianza de los seres humanos

a las mujeres de los países de Tercer Mundo. Todo esto pone en evidencia los principales

presupuestos teoréticos del feminismo oficialista.


Una parte de las teorías sobre la liberación femenina ha justificado su vehemente

negación de la maternidad argumentando que las mujeres son usadas como fuerza

reproductiva por “la burguesía”, lo que es un análisis simplificado y manipulador,

además de anclado en el pasado, que encubre la coincidencia total entre esa propuesta y

la de las estructuras de poder en la actualidad. Además ignora la maternidad/paternidad

como experiencia humana esencial y compleja, que integra impulsos sexuales primarios,

procesos afectivos, categorías morales, satisfacción de necesidades básicas y esenciales

elementos culturales y sociales y cuando la considera lo hace como un asunto solo de

mujeres, expulsando del hecho reproductivo a los hombres, negando la paternidad como

el otro polo de un mismo proceso, alterando con explicaciones simplistas y falaces la

conciencia, en aspectos tan íntimos y subjetivos, de millones de mujeres y hombres y

generando un gran desorden en su mundo interior que, en el caso de las féminas, ha

empujado el ascenso de los disvalores del amor al dinero, servilismo hacia el empresario,

fascinación por el poder y cosmovisión del odio.

El embarazo y el parto habían sido ya denigrados desde hace mucho por un

feminismo misógino que considera que la biología de las mujeres determina su

inferioridad”(24). Las agencias gubernamentales de “igualdad” han desarrollado un

auténtico bombardeo de propaganda institucional contra la maternidad, generando un

moldeamiento coercitivo de las mentes de la mujer, y también del varón, al que resulta

muy difícil sustraerse, y que constituye una radical desvalorización de la fecundidad con

argumentos tan mendaces como los que se pueden leer en un diario de gran tirada, “se

limita (el bebé) a estrujar las ubres que le sostienen. Pero aparte de un calor humano

animal, no produce un intercambio, sólo recibe. Pero se mitifica la maternidad para que

nadie pueda racionalizar el proceso… esta gratificación impide muchas veces a las

mujeres que su carrera profesional… pueda a su vez ser gratificante”25 . La resistencia a

las posiciones ortodoxas ha sido mínima (26).


Por ello las madres, en particular las de familia numerosa, son hoy un sector

discriminado y humillado, mientras que quienes adoptan una sexualidad no reproductiva

han sido entronizados, se apoderan de sustanciosas ayudas estatales y son puestos como

modelo de comportamiento por todos los medios de comunicación. A las madres, por el

contrario, en lo que es un renacer del peor machismo, se las presenta como retrógradas,

incultas, estúpidas o sumisas (27), de modo que muchas mujeres reprimen su deseo de

maternidad a causa de la influencia de las ideas dominantes, por temor a ser linchadas

socialmente (28).La presión que se recibe no es sólo psicológica pues el embarazo, la baja

maternal o la petición de jornada reducida para cuidar a los hijos siguen siendo un factor

de riesgo muy importante para perder el empleo, arruinar la propia carrera profesional o

sufrir acoso. De ese modo, una de las libertades civiles fundamentales del ser humano,

que por su propia naturaleza es pre-política e irreprimible, la de ser madre o ser padre, es

hoy violada con naturalidad todos los días, por el orden establecido.


En 2006 nacieron 482.957 niños y niñas en España y se realizaron 101.592

abortos, lo que significa que abortaron el 21% de las embarazadas, un hecho que debería

ser analizado con detenimiento para aclarar en qué medida estos datos se corresponden

con la decisión autodeterminada de las mujeres o con otros imperativos menos

honorables. Se sabe, como se ha dicho, que el trabajo es un fundamental elemento causal

en la decisión de abortar para muchas mujeres (29), lo que significa que las empresas

capitalistas dirigen la vida íntima de las personas y someten a sus empleadas a un grado

de servidumbre mayor que el de los periodos más oscuros de la historia. Ahora bien, las mujeres no pueden ser vistas como víctimas pues también son responsables de asumir

ciertas ideas y concepciones del mundo incompatibles con los hijos, en concreto su

incorporación a formas de diversión degradadas y ciertas formas de vida, trabajo y ocio

tienen, tal vez, un peso mayor que otras circunstancias en la decisión de abortar. De

manera que es razonable pensar que nacerían más niños si las mujeres no se hubieran

dejado someter por la coacción de las empresas, la manipulación ideológica y la

degradación de las costumbres.

Lo que es cierto es que hoy no se dispone de la misma libertad para abortar o ser

madres por todos los factores enunciados, pero sobre todo por otro principal, que es el

declive de la capacidad afectiva observable en un número cada vez mayor de féminas e

inducido, en gran parte por la propaganda de instancias oficiales y extraoficiales. El

aborto, que es a veces una dolorosa necesidad, y, por lo tanto, no puede ser suprimido o

reprimido, no debería ser ampliado hasta el infanticidio, pues eso nos acercaría al infame

derecho romano que otorgaba al “pater familia” la potestad de matar a sus hijos. La

trivialización de este delicado asunto forma parte de la mentalidad de la sociedad

moderna, que frivoliza y desacraliza todo, todo salvo el dinero y el poder.

El aborto, así como todas las formas del sexo no reproductivo, son hoy

promovidos desde arriba, de manera que la natalidad seguirá declinando. La velocidad

con esto sucede demuestra que no hay nada en la biología femenina que, por sí mismo,

actúe a favor de la vida. De hecho, el sentimiento maternal ha sufrido muchos cambios a

lo largo de la historia, y ha llegado incluso a casi desaparecer, aunque es cierto que ello

se hace a expensas de un grado de destrucción personal y social, afecciones psíquicas y

deterioro moral que afectan tanto a las mujeres como a los hombres.


La publicidad con sus mecanismos para asaltar los últimos reductos de la psique

humana, hace su contribución a la caída de la natalidad, por ejemplo, diseñando un

modelo físico ajeno a la fertilidad: cuerpos famélicos y enfermizos, andróginos y estériles

que son el espejo en el que se han de mirar las mujeres. A éstas hoy se las prohíbe de

hecho ser madres porque son necesarias para alimentar el descomunal aparato productivo

de las sociedades de la modernidad tardía, nutrir las filas de los ejércitos que permitan la

expansión de las potencias más poderosas del planeta, sustentar los organismos de un

Estado que crece sin medida y consumir (destruir) cantidades crecientes de objetos y

servicios. Resulta lamentable que algunas quieran “defender” la maternidad

degradándola a un derecho otorgado por el gobierno, y convirtiendo a niñas y niños en un

objeto de consumo o una experiencia gratificante. Todo eso es un envilecimiento

inadmisible de un acontecimiento, el ser madres/padres, integrado en un complejo de

factores físico-psíquicos que son parte decisiva de la esencia concreta humana.

Las conclusiones se pueden exponer como siguen. Los Estados no pueden

imponer sus intereses en el ámbito de lo demográfico a la sociedad, de manera que la

maternidad y paternidad ha de quedar al margen de la política, como una libertad civil

pre-política. Cada mujer, en una sociedad libre, ha de tener exactamente la misma

posibilidad real de no tener ningún hijo o de, pongamos por caso, tener 20. Las campañas

de aleccionamiento de la población, en particular las que parten del ministerio de

Igualdad y de los grupos que son su terminal orgánica en la calle, han de cesar. Es

intolerable que los defensores a ultranza del sexo no reproductivo sean apoyados y

protegidos por las autoridades, mientras que las madres y padres sufren discriminación y

persecución. El aborto, para ser libre, para perder su carácter actual de imposición

empresarial y estatal, ha de gozar de las mismas prerrogativas efectivas, pero no más, que

su contrario, la maternidad. Finalmente, para que prevalezca un ideal de justicia

universal, las mujeres de los países ricos no pueden “liberarse” a costa de las mujeres de

los países pobres, y toda formación social específica ha de ser autosuficiente en lo

demográfico, sin hurtar población a otras, ni enriquecerse prodigiosamente con tal

actividad.


Cuando Kate Millet, en “Política sexual” (obra del primer feminismo, aparecida

en 1969) arguyó que “el amor es el opio de las mujeres”, el hombre fue señalado como

enemigo. Y se redefinió lo femenino conforme a los intereses estratégicos del statu quo,

que excluye los afectos y las formas de la convivencia con los iguales, a la vez que exalta

los disvalores de dominio, poder, autoridad, dinero, acumulación de capital, medro,

bienestar material y agresividad. Éstas son las categorías negativas aptas para constituir a

las féminas en enardecidos escuadrones destinados a la producción-consumo, o a la vida

militar.


La crítica necesaria del amor romántico, que era una forma degradada, falsa, de

aquél, fue la excusa para introducir una visión retorcida de las relaciones humanas (30). El romanticismo, producto de la novela y el cine, escondía el proceso por el que la vida

afectiva y convivencial de los sujetos estaba siendo destruida, maniobra paralela a la

trituración de la sociedad rural y el ascenso de la vida urbana, que supuso la desaparición

de la comunidad tradicional como trama relacional de una extraordinaria eficacia, por su

complejidad y multilateralidad31. En ese mismo proceso, la familia nuclear, que existía

unida a la familia extensa, la vecindad y las numerosas redes de ayuda mutua, estructuras

en las que se desarrollaba de forma diversa, cariñosa, comunal y enriquecedora la vida de

los individuos, pasó a disociarse de su marco, por el avance imparable del proceso de

asocialización y atomización. En efecto, familia nuclear ha sido el estadio anterior a la

destrucción de casi toda forma de agrupamiento natural de las personas al margen del

ente estatal y sus organismos generados, situación que está a punto de ser alcanzada en el

presente. No hay que olvidar que ello se realiza a la luz de un axioma político, tan simple

como eficaz y terrible, “divide y vencerás”.


C. Lasch estudia la descomposición de la institución familiar en EEUU y

concluye que ello ha tenido como resultado “el restablecimiento del despotismo político

en una forma basada no en la familia sino en su disolución. En lugar de liberar al

individuo de la coerción externa, la decadencia de la vida familiar lo somete a nuevas

formas de dominación, mientras que al mismo tiempo debilita su capacidad para

resistirlas”32. En el Estado español la transición se hizo durante el franquismo y su agente

fue, en buena medida, una parte de las mujeres, que fueron convertidas en las guardianas

(cuasi policías) del hogar, rediseñando una familia volcada hacia sí misma y mudada en

una ciudadela de egoísmos compartidos, frente al mundo exterior. Ello viene a significar

que lo familiar fue desintegrado como unidad de afectos, colaboración y apoyo mutuo

para transformarse en una agrupación de consumo, competitividad y medro social, lo que

era el paso previo a su definitiva liquidación.


Se ha de tener en cuenta que la mayoría de las madres de familia del franquismo

no educaron a sus hijas para el “matrimonio cristiano y la maternidad” sino, sobre todo,

para el trabajo asalariado, el consumo, la pasión por el dinero y el éxito profesional, de

modo que fueron quizá la primera generación que se libró del “opio del amor”. Ya durante los años cincuenta y sesenta se había impuesto, a través de los aparatos de

creación de opinión, una fémina que consideraba el enfrentamiento permanente con el

varón como una prerrogativa propia de su condición, con la que se desquitaba de la

discriminación legal a la que era sometida por el Estado, así como de la vida frustrante,

empequeñecida y triste que llevaba, sobre todo en las ciudades. El feminismo sexista ha

tomado mucho de ese modelo de mujer.


El aborrecimiento irracional a los hombres ha ocupado las mentes de gran parte

de las mujeres en los últimos decenios, formando una imagen de depravada de los

varones, que toma al rufián provocador y pendenciero de taberna como representante del

género masculino; un tipo de machista que fue marginal en la sociedad hasta que el cine

y la novela lo endiosaron, pero que se convirtió, para un feminismo intelectualmente

inane, en pretexto destinado a vejar y humillar a los hombres, a la vez que, no tan

paradójicamente como pudiera parecer, en guía del comportamiento femenino33. De

modo que imitando esa supuesta naturaleza del “macho”, enemigo y admirado, se ha

impuesto un modelo de mujer violenta, inmoral e insolente que aparece con naturalidad

en anuncios publicitarios, películas, series televisivas, novelas y en las artes visuales, en

actitudes de agresividad gratuita y sin sentido, las mismas que configuraban al hombre

machista fabricado por la cultura del espectáculo.


A pesar de las evidencias se sigue afirmando que la violencia es intrínseca al

varón, ideología determinista biológica que en muy poco se diferencia del ideario del

racismo más consecuente, el nazi. La noción de hombre agresor orienta la Ley

Orgánica1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, que

fue aprobada, significativamente, por unanimidad en un Congreso mayoritariamente

masculino, pues en 2004 solo el 36% de los diputados eran mujeres. Esta ley, que castiga

a los hombres sólo por serlo (a la vez que denigra, de hecho, a las mujeres, al

considerarlas particularmente vulnerables y objeto de especial protección del Estado, es

decir, incapaces e inferiores), se vale de la desfachatez de que siendo las instituciones del poder las causantes de la discriminación de las mujeres, se proclaman ahora sus

emancipadores”, tomando a los varones como chivos expiatorios.


Por ello, aunque en el preámbulo se habla de la discriminación femenina en el

plano familiar, social y laboral solo se legisla el castigo a los maridos o parejas, de modo

que el maltrato a las mujeres en las ergástulas del trabajo asalariado, el acoso y violencia

sexual a gran escala en las empresas (ignorados y tapados pero existentes) incluso la trata

de mujeres y su esclavitud en la prostitución, no forman parte de las medidas de castigo

severísimo que la ley establece. Así que estatuye que los hombres son los responsables

de la opresión femenina solamente si tienen una relación familiar pero son sus

liberadores” si son diputados, jueces, policías, carceleros, militares, empresarios,

comunicadores u otros con poder. Por un procedimiento tan simple se adoctrina a las

mujeres para que odien a los varones que son sus iguales y veneren a los que son sus

jefes. Todo ello evidencia que los argumentos de la ley son los del sexismo, concepción

nefasta con independencia del signo que tenga, machista o feminista, pues promueve la

desconfianza, el recelo y el miedo en las relaciones entre los sexos, las cuales de manera

natural, si no hay intervención institucional, se asientan en el afecto, la confianza, la

comprensión mutua y el amor.


En contra de la tesis de que la violencia física contra la mujer es estructural y

basada en la biología y la desigualdad histórica entre los sexos, se encuentra la evidencia

del crecimiento de la agresividad interpersonal en toda la sociedad. Es sabido que

muchas familias viven un infierno de maltrato físico y psicológico por parte de las y los

adolescentes, adoctrinados por las elites mandantes en la noción de la “rebelión” contra

sus progenitores, lo que forma parte de una “cultura juvenil” que los endiosó durante

varios decenios, para lanzarles luego al arroyo, como probablemente harán con las

mujeres de aquí a no mucho, sometidas a un proceso de manipulación bastante similar (34).

El acoso escolar se está convirtiendo en otra fuente de sufrimiento para los más débiles

en una sociedad de depredadores. Crece el maltrato a los ancianos, que dada su mayor

longevidad son sobre todo mujeres. Los centros de diversión mercantilizada son otro foco

de conflicto y violencia. Un número cada vez mayor de féminas participa en reyertas,

matando o dañando a otras mujeres, o a varones. Lo cierto es que el 99,9% de los hombres no practica la agresión a las mujeres, pero se utiliza lo que es obra del 0,1% para culpar a los varones en general. Aunque hoy elnúmero de féminas asesinadas por sus parejas es cuatro veces superior al de hombres, de estos últimos, en tanto que víctimas, apenas se habla, ni de que la violencia femenina contra ellos esté creciendo de año en año, amparándose, además en el trato de favor que

les da la ley (35). Lo también observable en el tiempo en que se ha aplicado la legalidad en

vigor es la intromisión inadmisible de las instituciones gubernamentales en la vida íntima

de las personas36, el incremento constante de los cuerpos policiales y parapoliciales (una

parte de las tareas policiales derivadas de las órdenes de protección de la LOVG se

trasladan a empresas privadas), de los juzgados, funcionarios y profesionales de todo tipo

que han de ser pagados a costa del aumento de los impuestos y, por lo tanto, del tiempo

de trabajo de los millones de mujeres y hombres que agotan sus vidas en fábricas y

oficinas. Hay que añadir, además, que el número de las féminas agresoras ha de ascender

en los próximos años, como resultante necesaria de los cambios sociales en curso, lo que

tal vez deje en evidencia a la actual legislación en un futuro no lejano.


De todo ello está resultando el crecimiento del desencuentro, la incomprensión y

la desunión entre los sexos, expresado en el crecimiento imparable de las rupturas

matrimoniales que dejan un rastro de fracaso, amargura y soledad (37). Los asesinatos de

mujeres por varones, cuestión terrible y muy necesitada de un urgente remedio, no puede

ser abordada, como hace la Ley de Violencia de Género, con medidas exclusivamente

judiciales y policiales, represivas. Ello la acerca al modelo franquista, como se ha dicho

en ocasiones. Además de promover de una manera colosal el Estado policial es una ley

injusta, pues discrimina y castiga a los hombres, y también una ley inoperante, o peor aún, contraproducente, al cooperar con el mal que dice querer atajar. En efecto, mientras

se predique, incite y azuce al odio sexista, y mientras no se realice una igualdad rigurosa,

política, jurídica y civil, entre los dos géneros, la violencia entre éstos será inevitable,

mueran mujeres o mueran hombres. La solución es el esfuerzo por reconciliar a mujeres

y hombres, superando ambas formas de sexismo, retornado a un estado en que sea la

cortesía, el respeto, la alegría de estar juntos, compartiendo la existencia, y el afecto, los

valores dominantes, practicados por todas y todos.


Un cambio decisivo en la cosmovisión de millones de mujeres, ha conseguido que

hoy deploren el amor y consideren con antipatía a los niños y niñas. Las beneficiarias de

esta decisiva “revolución” del desamor han sido las elites gobernantes de Occidente, pues

las féminas son llamadas hoy a colaborar en la política militar de los Estados, no como

madres, sino como soldados. En las fuerzas armadas españolas aunque las mujeres

representan, por el momento, sólo el 13% de la tropa, el número de las que se incorporan

ha tenido un crecimiento anual del 60%, y son ya el 25% de los alumnos de las Escuelas

Militares, pronto empezarán a alcanzar el grado de general las primeras que cumplan los

requisitos de formación y antigüedad. Además, son ya un tercio de los Reservistas

Voluntarios. En la Legión, unidad militar de choque extraordinariamente agresiva,

fundada por F. Franco, considerada hasta hace muy poco reservorio de los disvalores

machistas más hórridos, el 9% de sus efectivos están formados hoy por mujeres,

porcentaje que tiende a incrementarse con rapidez.


En 2008 Rocío González fue la número uno de su promoción como piloto de

ataque. Las féminas forman parte de las unidades de primera línea, mantienen

helicópteros, conducen tanques, son asesoras jurídicas militares y patrullan en zonas en

guerra. El aparato militar no ha manifestado ninguna inquietud por todo ello, antes al

contrario, los estudios realizados demuestran que el grado de eficacia de las compañías

mixtas es el óptimo; de hecho, una encuesta muestra que el número de varones que, en el

ejército español, manifiesta aceptar compañeras en puestos de combate es mayor que la

de mujeres disponibles, por el momento, para cubrirlos. La institución militar espera

mucho de las mujeres, y se presenta hoy ante la sociedad con un rostro femenino, el de

la ministra de Defensa.


Se argumenta, con razón, que estos acontecimientos son la ruptura con uno de

los estereotipos dominantes de la cultura occidental”, el de que “los hombres son los

militares y los perpetradores, las mujeres son las pacifistas y las víctimas, los hombres

inician las guerras, las mujeres intentan detenerlas”(38). Así es, y ello demuestra que los

cambios inducidos desde las instituciones en el patrón de la feminidad tienen objetivos

puramente pragmáticos, dado que no buscan “liberar” a las mujeres sino hacerlas aptas

para la milicia y la guerra.


La creación de unas fuerzas armadas profesionales ha sido uno de los proyectos

centrales del Estado desde la culminación de la Transición del franquismo al

parlamentarismo, en 1974-78. El ejército de reemplazo era obsoleto ya en los años

ochenta pues la caída de la tasa de natalidad hacía prever una disminución notable de los

soldados de quintas. Pero sobre todo había dos aspectos más que lo hacían inviable, la

percepción social de que tal institución representaba los principios del régimen franquista

y era una amenaza permanente para la sociedad civil, y la imposibilidad de hacer crecer

la influencia del Estado español a escala mundial, pues el envío de efectivos militares

fuera de nuestras fronteras no era hacedero con tropas de reemplazo. La incorporación de

la mujer contribuyó a dar solución a todos los inconvenientes, pues con “la declinación

de la disponibilidad de hombres de 18 años y el desinterés generalizado por la profesión

militar, el mantenimiento de un número casi constante de aspirantes a las FFAA sólo ha

sido posible gracias a la creciente participación de mujeres en las sucesivas

convocatorias” 39. En la actualidad las complejas modificaciones descritas han permitido

destinar al exterior casi 8000 militares, una parte significativa mujeres, suprimiendo el

tope de 3000, que existía hasta 2008.


La valoración social del ejército, con todo ello, se ha transformado radicalmente

siendo la institución del Estado que mayor confianza despierta en la población según un

sondeo del CIS en 200840, consiguiendo crear entre los ciudadanos la idea de unas

fuerzas armadas modernas y progresistas, feministas y humanitarias, cuyo mejor símbolo

es la imagen femenina (que seguirá siendo socialmente una representación “pacifista”),

junto con eventos como el acto institucional desarrollado en un acuartelamiento de

Getafe (Madrid) para celebrar el Día de la Mujer Trabajadora en 2007 (41), o los anuncios

televisivos de reclutamiento que, no casualmente, exhiben mujeres uniformadas como

representación de la institución militar.


Epílogo


El código napoleónico, y el resto de la vieja legislación patriarcal resultó de las

realidades de su época, en primer lugar de la pugna permanente, política, militar,

económica y demográfica, entre “las naciones” (en realidad, los Estados territorialmente

desplegados) resultantes de las revoluciones liberales. Las economías “nacionales”

debían competir entre sí a escala planetaria, igual que los aparatos militares. Pero éstos

no se adecuaban a la noción de “guerra total” y no consideraban conflictos de muy alta

letalidad. Todo eso hacía necesaria, para los Estados, la preterición femenina.


Con la I guerra mundial ello se alteró. Es cierto que ésta no fue todavía una “guerra total”

pero se aproximaba, por la incorporación de mujeres a la industria bélica, en Inglaterra

sobre todo. Los vencedores pudieron enjugar su déficit demográfico masculino con la

emigración, por ejemplo, Francia, que tras 1918 atrajo a polacos, españoles, italianos y

otros. Ello evidenció la posibilidad de “emancipación” de las mujeres de los países ricos

traspasando los gastos de crianza de seres humanos a los territorios de emisión de

emigrantes, así como los esfuerzos de la maternidad a sus féminas. Al mismo tiempo, al

ente estatal y a la gran empresa le era imprescindible modificar el estatuto legal y social

de la mujer, para que sustituyera a los millones de varones jóvenes muertos. Por ello el

mayor desarrollo teórico del feminismo hoy oficialista tuvo lugar en Francia, país que

padeció los problemas más graves y se vio forzado a arbitrar soluciones nuevas, seguido

de EEUU e Inglaterra.


Quien libró ya casi una “guerra total” fue EEUU en 1941-45, con millones de

mujeres en los empleos de los hombres movilizados, lo que fue decisivo. Por tanto,

después de la II Guerra Mundial el patriarcado napoleónico, así como la ideología

misógina que le acompañaba, habían quedado anticuados y resultaban dañinos para el

statu quo. Algunos le dieron de lado desde el principio, como el Estado de Israel, que

incorporó a las mujeres no sólo a sus fuerzas armadas sino también a su temible

organización de inteligencia, el Mossad. El resto de los países opulentos ha ido haciendo

lo mismo paso a paso.


En los años 60 y 70 del siglo XX, además, los hombres se estaban desmoronando,

a causa de las pesadas obligaciones laborales y militares que les imponía el sistema de

dominación. Sus vidas se hicieron tan insufribles que una fracción creciente de aquéllos

se fue hundiendo en el alcohol, la apatía, las drogas, el hedonismo enfermizo y otros

males, que les hacía poco aptos para la producción y para la guerra (pensemos en la

situación creada en EEUU durante la lucha en Vietnam). Considerando que la emigración

de masas estaba en esos decenios ya bien experimentada, es posible concluir que se

daban las condiciones para la apoteosis del feminismo de Estado.


Éste adopta la forma de un producto ideológico-político al servicio de la razón de

Estado y de la clase empresarial, que partiendo de la pertinencia de derribar las viejas

limitaciones impuestas a las mujeres (meta justa, por otro lado) se propone renovar

radicalmente las fuentes de recursos humanos del sistema, incorporando del todo a las

féminas las instituciones estatales y al mercado del trabajo asalariado. Al sostener que

ello equivale a “la liberación de la mujer” se ha dotado de una mano de obra entusiasta y

dócil. Las instituciones, además, hallan un inmenso grupo humano en el que reclutar

funcionarias, militares, policías, juezas, adoctrinadoras y similares bien motivadas. Tal ha

permitido al capitalismo entrar en una fase de formidable expansión, a partir de los años

80 del siglo XX, y al ente estatal conocer una Edad Dorada. La mayor parte de los

movimientos que ascendieron en los años sesenta del siglo XX se sumaron, sin saberlo,

al magno proyecto estratégico para robustecer el poder en las sociedades de la

modernidad tardía.


Con ello el orden vigente se ha dotado de una legitimidad no demostrada, quedando

prestigiado y fortalecido porque “emancipa a las mujeres”. Pero lo que resulta no es la

liberación sino una forma de sometimiento y subordinación igual a la que padece el

varón, aunque con privilegios legales, económicos y de otros tipos importantes para las

féminas. La función de estas ventajas es, además de atraer a éstas a sus tan nuevas como

terribles obligaciones, ahondar el foso entre mujeres y hombres, para debilitar a la

sociedad política-civil, de la misma manera que el poder agudizó en fechas similares el

conflicto entre jóvenes y adultos, urbanitas y rurales y varios más.


Una contradicción inherente al feminismo de Estado es que, al mismo tiempo que

culpa al varón por los males de la mujer, exculpando a las instituciones, en la práctica

resulta ser un producto impuesto por hombres, de las clases mandantes. Por ejemplo, las

leyes sexistas actuales, que discriminan positivamente a la mujer, han sido promulgadas

por parlamentos abrumadoramente masculinos, del mismo modo que los gobiernos,

cuerpos policiales, aparatos judiciales y otros que las aplican están aún, a día de hoy,

constituidos muy mayoritariamente por hombres. De tan curiosa manera se está

constituyendo algo similar a un matriarcado de Estado o matriarcado capitalista que, por

sí mismos, son refutación de la teorías, bienintencionadas pero sin fundamento, del ala

radical del viejo feminismo de los años 60 y 70 del siglo pasado.


Sometida a una presión propagandística y publicitaria aterradora, la mujer

contemporánea (igual que el varón, en estas materias) suele vivir en la confusión, pues

observa que se la adula sin límites, se la otorgan privilegios legales y económicos

sustanciosos y se la prometen maravillas pero, al mismo tiempo, con maquiavelismo, se

la está encerrando en un atroz mundo de soledad y desamor, desexualización funcional,

represión de la maternidad, masculinización forzada, narcisismo de género, adicción al

alcohol y las drogas, docilidad política, acriticismo global, trabajo salarial incesante,

incorporación a aparatos estatales de más que dudosa condición y abandono de todo

proyecto de mutación integral del orden constituido.


De tal estado de cosas sólo se puede salir a través de la investigación de la realidad,

realizada para establecer cuál es la verdad. Dejando a un lado el ruido enloquecedor de la

propaganda institucional tanto como las infinitas teorías al respecto, es necesario

empezar por lo más básico, fijar los hechos y deducir desde ellos certezas. Es ese

esfuerzo por la verdad el que las circunstancias demandan en la hora presente como tarea

principal en los asuntos tratados. Tal tarea es de las mujeres y los hombres,

afectuosamente unidos en la refutación de los productos doctrinales institucionales,

amorosamente fusionados en la meta estratégica de aportar nuevos enfoques a estas

decisivas cuestiones. En ese quehacer ha de progresar la imprescindible reconciliación

entre los sexos, desde la comprensión mutua, el cariño y la igualdad.


A favor de ello está la realización práctica, y por tanto el desenmascaramiento y

probable descrédito del feminismo de Estado. En unos años muy poco quedará, en tanto

que creíble, de sus formulaciones cardinales, puesto que poco resta ya que no esté siendo

sometido a la crítica de la realidad. Ello sentará las bases para auto-ganar a las mujeres a

las tareas de lucha por la libertad, con superación del conformismo en que el feminismo

institucional las alecciona, vulnerando su libertad de conciencia. Sin la participación de

la mujer en los nuevos proyectos de esfuerzo y lucha por una sociedad libre, ésta nunca

se realizará.


María del Prado Esteban Diezma


Félix Rodrigo Mora


________________________________________________________________


NOTAS:

1)


Para hacer lo más concreto posible el análisis nos hemos servido, sobre todo, de una obra historiográfica

de excepcional rigor, que estudia una población promedio, “La demografía de Torrejón de Ardoz en el

siglo XVIII”, de J.M. Merino Arribas, centrado en el análisis de esa población madrileña, entonces de

1.200 habitantes, particularmente en 1751.


2)


Un trabajo de investigación reciente en un área apartada, las montañas de Albacete, en el cual una

mayoría de informantes son ancianas, se refiere al respeto y cariño con que eran tratadas las féminas en la

sociedad rural popular tradicional. Es “Mentalidad y tradición en la serranía de Yeste y de Nerpio”, Aurora

de la Peña y Juan Fc. Jordán. En ese tiempo y lugar, dejando a un lado un número muy pequeño de casos

desgraciados, las relaciones de pareja entre hombre y mujer se basaban en el amor mutuo, con equidad,

ausencia de sexismo de uno u otro tipo y mutua asistencia. Claro que esto no era así en las clases altas y

medias, particularmente en la ciudad, donde la mujer fue siendo preterida desde el siglo XIV y luego, de

forma ya rotunda, en los siglos XVIII y, sobre todo, XIX.


3)


En la sociedad moderna se ha prohibido de hecho la diferencia, pues cuando se reclama se hace siempre

como exclusión de la alteridad. Es elogiable por ello un trabajo como “De los modos, matices y las

peculiaridades: la necesaria recuperación de conceptos para quienes pretendan comprender realidades” de

Lucía Mendiondo, donde se defiende tanto la feminidad como la masculinidad como complementarios.


4 )


Citado en “Manual de folklore. La vida popular tradicional en España”, Nieves de Hoyos y Luis de

Hoyos. Éste recoge varias expresiones de la ausencia de opresión de las mujeres en el mundo rural popular

tradicional de la península Ibérica, hasta la aplicación de la legislación constitucional y liberal. Traeremos

una. Según el mito del patriarcado, entendido como realidad intemporal y abstracta, la mujer no escogía

libremente a su pareja sino que era entregada a ella por su padre, supuesto “pater familias” con poderes

omnímodos, lo que “prueba” que el matrimonio no era una relación de amor sino un acto de forzamiento, y

un infierno para ella. Eso es refutado, también, por una coplilla cántabra, recogida en aquel texto, en la que

la muchacha se dirige a su pretendiente del siguiente modo, “Vas contento porque llevas/ de mi padre la

palabra./Si no la llevas de mí,/cuenta que no llevas nada”.


5 )


La participación de las mujeres en la guerra civil de 1936-39, en el bando antifranquista, es una

consecuencia de ello. Unidades militares femeninas combatieron por última vez en la batalla de

Guadalajara, en marzo de 1937. Hay que destacar que fueron retiradas del frente y desarmadas por la

presión de Francia e Inglaterra, los países pioneros en el desarrollo del feminismo de Estado. Para esta

materia, “Guadalajara, la primera derrota del fascismo”, Olao Conforti.


6 )


Entre nosotros, un modo concreto de ello fue el repudio del “Liber Iudiciorum”, el texto fundamental del

cuerpo de leyes visigodo, promulgado en el año 654 en latín, posteriormente vertido al castellano antiguo

con el encabezamiento de “Fuero Juzgo”. Aquél fue derogado por el pueblo en la magna revolución

positiva de la Alta Edad Media, que quemó en público alguna de sus copias, si bien la institución de la

corona lo siguió utilizando para sí, pero no el pueblo. Su derogación fue un acto emancipador de la mujer,

pues el “Liber”, III, I, IV, sostiene que los hombres “deven aver poder sobre las mugieres”, formulación e

ideario inspirador fueron barridos por el derecho consuetudinario, así como su plasmación escrita, fueros y

cartas puebla, entusiastas de la libertad de las féminas, por ejemplo, el fuero de Medinaceli (Soria), de los

siglos XI-XII. Los fueros municipales resultaron también de la justa lucha contra el Islam hispano, que

hizo de la caza de decenas de miles de mujeres en los territorios del norte, para venderlas a los harenes del

Mediterráneo musulmán, uno de sus negocios fundamentales, en especial con Almanzor.


7 )


Así, una real pragmática de 1776 pretendía obligar a las jóvenes a lograr el consentimiento paterno para

casarse (señal de que éste no existía previamente). Pero esta legislación, como buena parte de la

promulgada en esa centuria sobre los asuntos más diversos, no solía aplicarse, por la debilidad e

inadecuación general del aparato institucional. Precisamente para superar este estado de cosas se realizó la

revolución liberal, a partir de la constitución de 1812.



8)


Código Civil francés/ Code Civil. Edición bilingüe”, con estudio preliminar y notas de F.J. Andrés y A.

Núñez. En dicha introducción se encuentra un sobrio pero acertado análisis sobre cómo ese principal

documento jurídico, aún hoy en vigor en Francia, si bien muy modificado, e imitado en todo el mundo,

convierte a las mujeres en sujetos de segunda, sometidas al varón porque así lo manda el Estado.


9)


La misión de la mujer en la sociedad. 23 de mayo 1869. Conferencias dominicales sobre la educación de

la mujer”, en la Universidad de Madrid.


10)


Una aportación pedante y cientista a la misoginia entonces oficial fue “La indigencia espiritual del sexo

femenino”, por el Doctor Roberto Novoa, 1908. El risible método con que está elaborado coincide con el

usado por los libelos del feminismo de Estado, pues uno y otros parten del odio sexista.


11 )


Estos datos, y otros de interés, en “Historia de la guerra”, John Keegan. Una descripción aterradora se

encuentra en “Mourir à Verdun”, de P. Miquel. En esta batalla, febrero de 1916, hubo 700.000 bajas. Lo

más granado de la juventud masculina alemana y francesa pereció allí. Una obra de denuncia de la

conscripción es “La contribución de sangre”, Fermín Salvochea, 1900.


12)


Un estudio de qué aconteció a estas mujeres tras 1918 es “Ellas solas. Un mundo sin hombres tras la

Gran Guerra”, Virginia Nicholson. En ese tiempo se inició el desarrollo del feminismo institucional, pues

la escasez de varones forzó a introducir modificaciones en la vida social y en la legislación, alentando que

las mujeres, por necesidad de las instituciones y de la clase empresarial, se fueran incorporando a tareas y

oficios antes masculinos. Ello ya había sucedido durante la guerra, sobre todo en Inglaterra, donde unas

700.000 ocuparon puestos de trabajo vacantes, al estar los hombres en el frente.


13)


Cierto feminismo, para velar su reaccionaria naturaleza, suele presentarse como muy radical en sus

planteamientos, pero el examen de los hechos, así como de sus contenidos y programa, suscita la duda. Por

ejemplo, “Cartas a una idiota española”, de Lidia Falcón, conoció dos ediciones legales bajo el franquismo,

pues el cambio en las circunstancias demandaba dar un viraje a la política estatal para la mujer,

abandonando enfoques desfasados y yendo hacia los planteamientos feministas. Por lo demás, en el título

mismo conocemos lo que a aquella ideología le parecía la mujer de la época, una “idiota”. Ello avala el

argumento de que tal es, también, una forma de misoginia, de desprecio y odio a la mujer real (se comienza

aborreciendo a los hombres y se culmina odiándolo todo, menos el poder y el dinero), asunto perceptible en

la obra de Simone de Beauvoir.


14)


Sexo y sociedad en la Alemania nazi”, Hans Peter Bleuel. El libro aporta además información sobre el

respaldo activo de grandes masas de mujeres al nacional-socialismo. Este régimen, al final de la guerra, las

incorporó a sus ejércitos, de manera que hubo féminas combatiendo en las unidades de carros de combate y

en la infantería de las SS. Estos y otros muchos datos han de ser tenidos en cuenta para reevaluar la teoría

del patriarcado desde la experiencia.


15)


En “La voluntad de creer” .


16 )


Esta concepción se expone, sobre todo, en el libro de Betty Friedan, “La mística de la feminidad”, que

publicado en 1963, presenta la condición del ama de casa de la clase media norteamericana y su malestar

existencial como producto de la vida hogareña, y define el trabajo remunerado como la salida necesaria a

esa situación.


17 )


El proyecto de desarrollismo económico del franquismo ha sido el primer momento de un complejo

proceso de ascenso de España como potencia mundial. Esto no hubiera sido posible sin la incorporación

masiva de las féminas al trabajo como mano de obra. Un análisis de interés sobre todo ello se puede

encontrar en “El auge de la empresa multinacional española”, Mauro F. Guillén.


18)


Desde 1930 a 1970 se incorporaron al trabajo asalariado un millón doscientas mil mujeres, lo hicieron

principalmente bajo el régimen de Franco “La España de Franco (1939-1975). Política y sociedad” E.

Moradiellas.


19)


El feminismo de Estado en España: el Instituto de la Mujer (1983-2003)”, Celia Valiente Fernández.

Llamado también feminismo institucional, el concepto se crea en los países más desarrollados desde los

años 70. Los “organismos de igualdad” incorporaron los objetivos y las personas de casi todo el

movimiento feminista a las instituciones estatales.


20)


En un despliegue muy similar al de la Sección Femenina en los años del franquismo, las “agentes de

igualdad” han llegado en los últimos decenios a ciudades grandes y pequeñas, barrios, pueblos y aldeas,

sumando su acción, muy eficaz porque se produce en el ámbito de la comunicación personal, a la que se

desarrollaba a través del cine, la televisión, la radio, la prensa, las novelas, las revistas y similares.


21)


Un libro útil para ello es “De la servidumbre al contrato de trabajo”, M. Alonso Ojea.


22)


Ahonda en esta cuestión Harry Braverman, en “Trabajo y capital monopolista. La degradación del trabajo

en el siglo XX”, una de las obras más decisivas de la pasada centuria. En él se prueba que el trabajo

asalariado contemporáneo es causa de embrutecimiento máximo, personal y colectivo, hasta la creación de seres subhumanos. E. F. Schumacher, en “Lo pequeño es hermoso”, dice que el trabajo asalariado y

maquinizado “destruye el alma”, aseveración que se hace hoy real en millones de personas, hombres y

mujeres.


23)


Entre 1985 y 1990 el número de adultos que tenían servicio doméstico en sus hogares creció del 15% al

26% y su incremento ha sido mayor en los años siguientes, en “El trabajo doméstico nueva frontera para la

igualdad” Marina Subirats.


24)


Simone de Beauvoir, en “El segundo sexo”, dice que las mujeres “encierran dentro de sí un elemento

hostil, la especie, que las roe” y apostilla que “la gestación es un trabajo fatigoso que no ofrece a la mujer

ningún beneficio individual (sic)”, pensamiento monstruoso que es mera ideología de extrema derecha y un

atentado a los fundamentos de la condición humana, cuyo propósito es la defensa a la desesperada de los

intereses estratégicos de la gran burguesía y del ente estatal galos, en unas circunstancias históricas bien

peculiares, de las que algo se expuso en una sección anterior.


25)


El País 9-01-2001 “El precio de un hijo”, Josune Aguinaga. Con seguridad la persona que esto escribe

no ha tenido nunca contacto con un bebé y no ha podido vivir y apreciar la capacidad afectiva,

comunicativa, relacional e intelectual que desarrolla el ser humano desde su nacimiento. Si así es, no

debería atreverse a componer frases tan rotundas como pérfidas.


26)


La iglesia católica, cuyos clérigos y fieles menguan sin cesar, hasta ser hoy una fracción bastante

reducida de la sociedad española, se limita a hacer algunas frases abstractas y demagógicas al respecto, sin

entrar en las causas políticas y económicas que prohíben de hecho a las mujeres ser madres. Además, la natalidad entre los católicos arroja cifras no muy superiores a la de la población general. El PP, al que la

progresía supone representante de la ideología “rancia y tradicionalista”, es tan antinatalista como la

izquierda. Veamos algunas muestras de ello. En un cartel electoral de “la derecha” aparece una familia con

un solo hijo; como partido no apoyó la gran manifestación contra el aborto en Madrid en 2008 y en lo

programático y práctico su respaldo efectivo a la natalidad es nulo. Ello evidencia que, más allá de algún

gesto retórico y vacío, dirigido a embaucar a una parte del electorado, estos asuntos se rigen por el riguroso

consenso entre derecha e izquierda que ha presidido siempre las grandes cuestiones de Estado. En estos

asuntos la ideología no cuenta, sólo los intereses estratégicos. Así, J.T. Patterson, en “El gigante inquieto.

Estados Unidos de Nixon a G.W. Bush”, expone que ningún presidente de ese país, en los últimos

decenios, por muy conservador que se hubiera previamente declarado, se ha opuesto a la política antinatalista

y pro-aborto que demandan a toda costa las elites mandantes.


27)


En “Sexo y Destino”, de Germaine Greer, se cita un libro de texto para médicos que presenta la

necesidad de tener hijos como una expresión de la inseguridad personal y falta de autoestima peculiar de

las mujeres. Que tal aseveración aparezca en un volumen de esa naturaleza garantiza que miles de médicos

difundirán esa idea entre sus pacientes. Muchos “estudios sociológicos” que propaga el Instituto de la

Mujer abundan en lo mismo, con “conclusiones” manipuladoras que vinculan una mayor fertilidad a un

menor nivel cultural. En 2005 una asociación de familias numerosas denunció que El Corte Inglés les daba

un trato vejatorio en un catálogo de venta, calificando de “coneja” a una madre de cuatro hijos.



28 )


La encuesta de fecundidad de 1999 (1998 fue el año de caída máxima del índice de natalidad) planteaba

que muchas mujeres y hombres querrían tener hijos y no los tienen o los tienen más tarde de lo que

desearían. Esto es una muestra más de cómo son negadas las libertades esenciales en la sociedad de la

modernidad, totalitaria como ninguna otra.



29) Determinantes sociales de la interrupción del embarazo en España” Margarita Delgado y Laura Barrios.


30)


Se ha de observar que tales ideas han sido llevadas a la sociedad por múltiples medios, sesudos libros,

folletos, octavillas, conferencias, series televisivas, películas, radio y teatro, sin olvidar el aparato

educativo. Un caso singular es el panfleto de Carlo Fabretti, “Contra el amor”, porque condensa las

posiciones que, desde cierta radicalidad extraviada, se quieren hacer pasar por subversoras del orden

establecido, sin serlo. La crítica de la moral cristiano-burguesa, que fue la dominante en el pasado, se hace

a favor de la estatal-burguesa, la actual. Se vitupera el amor romántico para defender el egocentrismo, el

odio de unos a otros y un solipsismo sin límites, lo que no es sino un modo de preconizar la ideología ahora

ortodoxa y dominante, asentada en Hobbes y Nietzsche, a saber, la guerra de todos contra todos, de la que

la “guerra de los sexos” es una parte.


31 )


Admitiendo que el fenómeno de la emigración a las ciudades se produjo por imposición del Estado, tal

como es presentado en “Naturaleza, ruralidad y civilización”, de F. Rodrigo Mora, no se puede obviar la

parte de responsabilidad que corresponde a una buena porción del colectivo de las féminas en ello, pues es

sabido que “muchas mujeres rurales eran las que iniciaban, diseñaban y apoyaban las estrategias

migratorias propias y de otros miembros de la familia”, en “Emigración y trayectorias sociales femeninas”,

Historia Social” nº 17, Cristina Borderías.


32)


Christopher Lasch, “Refugio en un mundo despiadado. La familia en el mundo contemporáneo”.


33)


La maestra de tal artificio es Simone de Beauvoir, pues en “El Segundo sexo” hace apología de “la

voluntad macho de expansión y dominación” y deplora la falta de agresividad de las mujeres pues “la

violencia es la prueba auténtica de la adhesión de cada cual a sí mismo, a sus pasiones, a su propia

voluntad”, pensamiento que no puede ser calificado sino de nietzscheano y misógino, propio de los

matones nazis de cervecería, a quienes admira, pues los considera los portadores de la libertad auténtica.

Lo mismo hace con Sade, al que dedica un panegírico, saltando por encima de que preconiza la violencia,

en sus formas más terribles, contra las mujeres. De la amoralidad de aquélla autora dice bastante que,

aunque por motivos de prestigio y medro, se presentó como perteneciente a la Resistencia contra el

nazismo, ello es desmentido por el bien documentado libro “Une si douce occupation… Simone de

Beauvoir y J.P. Sartre 1940-1944” Gilbert Joseph.


34)


Puesto que sólo las visiones no especializadas permiten comprender cada expresión de la realidad

particular, texto útil para el asunto considerado es “La juventud domesticada. Cómo la cultura juvenil se

convirtió en simulacro”, de D.P. Montesinos. Dado que el programa máximo del feminismo de Estado ya

está casi por completo cumplido, se acerca el momento de que las instituciones dejen caer a las mujeres,

como hicieron no hace mucho con los jóvenes, tras decenios de adulación, promoción del victimismo y

otorgamiento de privilegios.


35)


Inquietante es la sentencia de la audiencia de Barcelona, en agosto de 2009, en la que condena a dos años

de cárcel a una mujer que mató a su pareja masculina, considerando atenuante el “desorden emocional” que

le produjo el que él la hubiera llamado “gorda”. De haber sido un hombre el agresor no habrían servido

tales sutilezas. Dicha sentencia otorga patente de corso a ciertas mujeres para quitar la vida casi

impunemente a varones, a costa de unos cuantos meses de reclusión.


36)


Recusable resulta ser la existencia del ministerio de Igualdad, que, emulando al ministerio de la Verdad

orwelliano diseña e impone la vida interior de los ciudadanos, lo que han de pensar y han de sentir. La

creación de un teléfono, que la ministra define como un instrumento para “ayudar” a los hombres a

rediseñar su masculinidad, es un acto de poder tiránico muy de nuestro tiempo.


37 )


Aislamiento que es celebrado por algunas figuras más cercanas a la farándula que a la intelectualidad,

como Carmen Alborch que en su libro “Solas” hace una apología de las independientes solitarias. En una

serie demoledora publica después “Malas” y tras él “Libres”, una trilogía que está marcando de forma

dramática la vida de miles de mujeres y, por tanto, de hombres. Claro que una oligarca y ex-ministra

nunca está sola, pues vive en un mundo de criadas y criados. Únicamente quedan solas, por tanto

vulnerables y desamparadas, aquéllas que se toman en serio las atrocidades vertidas en tales textos. Sobre

los sofismas de “Malas”, la mejor refutación es la que proporciona Hannah Arendt, quien argumenta,

citando a Maquiavelo, que el triunfo de la razón de Estado exige que los seres humanos sean adoctrinados

en la maldad. Tildar de “Libres” a las féminas que están siendo convertidas en propiedad exclusiva del

entre estatal y la clase empresarial es, desde luego, inapropiado.


38 )


La incorporación de las mujeres a las Fuerzas Armadas: el caso español y su percepción pública en

perspectiva comparada”, Angustias Hombrados, José A. Olmeda, Consuelo del Val.


39)


Idem. El otro recurso decisivo para el reclutamiento han sido los inmigrantes. Mujeres e inmigrantes

son el futuro de la institución, sin duda.


40)


Revista Española de Defensa”, nº 248. Enero 2009.


41)


Revista Española de Defensa”, nº 228. Marzo 2007. Difícilmente puede lograrse una expresión fáctica y

simbólica mejor de la fusión entre feminismo de Estado y militarismo.